Estilos de morir
Publicado el 10/04/2023 a las 08:39
La vida y la muerte son dos espacios rayanos en el tiempo: uno, regularmente más largo, representa el punto inicial de la existencia individual y el otro, muy breve, el final de la misma. Pero, en realidad, el ser humano adquiere el primer contacto con la muerte por la pérdida de un ser querido.
Por mi parte, recuerdo desde niño que la muerte natural se afrontaba en la propia casa del moribundo, cuya estancia se llenaba de parientes y vecinos, los cuales abrían paso al médico, desde el rellano, con velas encendidas, para que pudiera entrar. Cuando el funeral era inminente, cura y acólito venían por la calle, a golpe de campanilla, portando el viático, bajo miradas atentas, dirigidas desde las celosías de ventanas bien cerradas, para ver sin ser visto. Conforme se corría la noticia, la entrada y escaleras parecían un lugar público, hasta el punto de solicitar a los presentes que salieran de la habitación para que nada turbase el coloquio íntimo y la confesión “in artículo mortis” con el sacerdote.
Después del último momento, las campanas “doblaban a muerto” y, en el día de la misa fúnebre, se acompañaba al “séquito familiar” hasta la iglesia para las “exequias rituales”, como muestra de adhesión y dolor, antes de la ceremonia edificante del entierro. A decir verdad, hoy queda poco del comedimiento con que se revestía el espacio final de la vida: en la sociedad del bienestar, del ocio y de la prisa, crece el afán de poner fin a lo que antes se hacía, como sucede en los tanatorios actuales, donde se tiende a ocultar la figura del que ya no vive, para suplirla con agradables fotografías de su vida.