El teatro de las sonrisas

Gabriel Asenjo

Publicado el 05/01/2023 a las 07:13

Una cabalgata de reyes es una escenificación con pasado medieval convertida hoy en gran parte de países de habla hispana en un desfile de diversidades cruzadas, sin conflicto, multicultural, con intérpretes de diferente color, en un espectáculo sin apenas palabras y con un simple argumento de bondad que se adueña de la calle. Es un teatro de los sueños. Una gran producción coral de los habitantes de una ciudad ocupando el espacio urbano para hacer sitio a la leyenda de un modo emotivo y festivo.

Escuchaba a uno de los pioneros del teatro navarro, promotor de comedias infantiles en Navidad, que la cabalgata de reyes era el primer encuentro de niños y niñas con el hecho escénico popular. Y que el papel de Baltasar, por su expresividad, ritmo y energía, debía corresponder al mejor actor de la ciudad, mientras que el resto de personajes no debían separarse de un talento comunicativo imprescindible: saber sonreír con el corazón.

Y es precisamente esa condición de la sonrisa no forzada lo que constituye desde mi punto de vista el eje nuclear del juego teatral de las cabalgatas, pero me refiero, ante todo, a la sonrisa de los adultos. Schiller, en su antropología sobre el juego, consideraba que el ser humano es más humano cuando juega porque en el juego nos hacemos niños. Y es precisamente el acto lúdico y la sonrisa en la representación de los Magos lo que nos regresa a la infancia como en un recordatorio nostálgico de que al mundo se viene a ser dichoso.

Además de que en ese bazar de fantasías que es la cabalgata la sonrisa es el principal canal comunicativo entre actores y público, se podría añadir que, incluso entre aquellos que dimiten de la Navidad, esa sonrisa de la noche del día cinco de enero viene a ser para los mayores como un medicamento de farmacia difícil de conseguir el resto del año, que produce efectos altamente saludables porque construye seres más amables con nosotros mismos y con los demás. Sin embargo da la impresión que siendo un medicamento natural, libre y sin receta apenas lo utilizamos en nuestro día a día.

Cierto que por estos pagos no somos muy dados a sonreír y que tampoco resulta fácil la sonrisa frente a la soledad, frente a la realidad del que vive con dolor crónico o la del vecino que malvive a fin de mes. Difícil sonreír ante un fin de año con bombardeos, con políticos expertos en dinamitar la convivencia o con mujeres acuchilladas ante sus hijos. Pero también es cierto que no nos relacionamos bien con el gesto de reír. No nos viene de fábrica. Nuestra capacidad de reírnos de nosotros como sociedad es casi nula. Somos de demasiados cabreos, rencores y silencios. Y olvidamos que la sonrisa nos vuelve receptivos, relaja, desdramatiza, y desarma la rabia y la violencia. No tenemos en cuenta que reírse de uno mismo nos hace más sabios y humanos y que, si es cierto que la vida sin música no es vida, tampoco la vida sin sonrisa es vida. Es por eso que agradezco a esos grupos de actores del teatro de las luces y los sueños que vuelvan a la calle tras dos años de obligada oscuridad.

Gabriel Asenjo, doctor en Ciencias de la Información

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