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La cadena rota

  • Juan Manuel Ojembarrena Calvo
Publicado el 04/12/2022 a las 08:31
Es sábado o domingo. Hace un día espléndido. Ropa informal, quizás un jersey por si refresca. Suben al coche. Familia, amigos. Como mucho una hora, hora y media y llegarán: San Pedro de la Rúa en Estella, Santa María la Real de Sangüesa, la Catedral de Pamplona. Y quizás, si da tiempo, un monasterio: Iranzu, Irache, Leyre, La Oliva. Tulebras queda algo lejos, otro día. La entrada y la visita son gratuitas o cuestan poco. Además, con fortuna, alguien hará de guía y hablará del entorno paisajístico, de historia y arte. Que sea breve y conciso, por favor. A veces dan tanta información... Que si ábsides, arquivoltas, arbotantes, ojivas, el Reino de Navarra, el románico y gótico, el Císter y el Camino de Santiago. Y la religión, siempre la religión. Todos y cada uno de los monumentos hablan del cristianismo: iconografía bíblica, Dios Pantocrátor, la infancia de la Virgen, el Bautista, la Pasión, santos de toda condición y martirio. Los viajeros recuerdan, más o menos, entienden y asienten. Han recibido una información y formación religiosa en casa, en el colegio, la parroquia. Allí estaban sus padres, abuelos, profesores y sacerdotes. Todos a una, o eso parecía.
Pero en la visita no van solos, hay otras personas más jóvenes, impacientes y bulliciosas, que ponen cara de asombro, indiferencia o desdén. No saben de qué se habla. Algo les falta. Se lo han arrebatado. Son un eslabón roto en la cadena. Quizás solo les interesa pasar el día lejos de casa, comer algún pintoresco y tradicional menú, llenar sus móviles con fotos del día que luego enseñarán con celeridad rutinaria a sus conocidos. Oye, qué bonito todo, tenías que haber venido. Estuvimos aquí y allá, nos hicimos selfies. Fíjate qué luz, qué cielo, qué montañas. Allí quedarán, en la carpeta de imágenes, nunca saldrán, acabarán olvidadas y finalmente borradas porque hay que vaciar la memoria digital de cuando en cuando, que se llena. Les sobra información y les falta formación. Quizás no les importa. Son así.
Hace un tiempo escuchaba las palabras de un religioso monacal navarro (y no cito textualmente): “llegan muchas visitas, es cierto, e intentamos atender a todas, que comprendan el qué, por qué y para qué en nuestras explicaciones o las de quienes colaboran con nosotros. Pero resulta muy difícil. Nos preocupa, y mucho, que el patrimonio que heredamos y representamos caiga en el olvido. Nuestros muros albergan mil, dos mil años que son más que historia. Son tradición, una cadena que suma eslabones generacionales para que el mensaje cristiano perdure. ¿Qué sentido tiene venir y no entender, no comprender? Algunos apenas si guardan silencio y respeto, izan de inmediato los teléfonos cuando hablamos sobre los relieves de un pórtico, sobre las imágenes marianas que presiden el altar, sobre la devoción de siglos. Poco después salen rápido para comprar algún recuerdo o nos preguntan dónde está el restaurante más cercano, que si tiene columpios para los más pequeños, que si hay wifi. El mensaje resbala, no llega, no cala. Por aquí han pasado benedictinos, teatinos, monjas cistercienses, clarisas... Ofrecemos el Evangelio en nuestra vida monástica, nuestros oficios y cantos. Vivimos aislados, pero en el mundo, y rezando por el mundo. Nos veréis en las hospederías, en internet, invitamos a nuestra Regla y nuestra paz. Hay menos vocaciones, es verdad, pero no somos una reliquia. Llegan jóvenes novicios con fe y alegría, testigos de la continuidad del mensaje cristiano. Podéis echarnos una mano, vosotros que nos conocéis y habéis recibido la información y la formación. Podéis ayudarnos a acompañar a las nuevas visitas los fines de semana o antes de vísperas, enseñarles el respeto y la educación en nuestros lugares, acercarles el mensaje con nuevas palabras, más actuales. Aquí estuvimos y aquí estamos. Contad con nosotros”.
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