Propósitos incumplidos

Ramón Fernández Aparicio

Publicado el 06/09/2022 a las 07:08

Comienza septiembre y las universidades abren sus puertas de nuevo. Son días llenos de reencuentros: muchos abrazos, gritos por los pasillos, carcajadas especialmente sonoras y, por supuesto, típico momento para actualizarse sobre el aprovechamiento de las vacaciones. Este fue el tema de conversación con un buen amigo al que no veía desde el curso pasado. Con tono pesimista, desde el fondo del alma, le comenté que mi verano se podía resumir en la siguiente expresión: “una montaña de propósitos incumplidos”.

Cuando junio trajo a Pamplona aquella ola tremenda de calor sahariano, como antídoto al agobio reinante, me ilusioné planeando los interminables dos meses libres que tendría por delante. Visitar algunas ciudades bonitas, mejorar mi condición física o leer algún libro de los gordos tipo el “Quijote” o “Crimen y Castigo” fueron las ideas que me rondaron aquel día. Sin embargo, desde que regresé a mi ciudad de origen, el bonito castillo de objetivos veraniegos se desmoronó como si fuera de naipes ante el manotazo del hermano gracioso (y ocioso) en un 20 julio a las 15:30 mientras tus padres echan la siesta con el Tour de Francia de fondo. Tras una semana visitando a mi familia, acepté el encargo de monitor en un campamento en Huesca al que asistirían… ¡200 niños! Risas y llantos, explicaciones interminables de los juegos, unas excursiones a la montaña y otras al hospital, he aquí la tónica del mes de julio. En agosto, más tranquilo, estuve en una residencia universitaria en el centro de Madrid (40ºC a la sombra), dando algunas clases a gente joven. Total, que vuelvo a Pamplona con dos kilos más, y no precisamente en el bíceps, la punta doblada de la página 80 del libro “El Idiota” de Dostoyevski, y un par de selfies desenfocados con mis padres, que vinieron a visitarme a Madrid. La explicación de la amarga historia duró un buen rato. Pero, tras unos segundos de silencio, terminé afirmando a mi amigo que, probablemente, había tenido el verano más feliz de mi vida. Y mi amigo lo confirmó exclamando: “¡Vivan los propósitos incumplidos!”.

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