El bote de arándanos

JAVIER BOLADO GONZÁLEZ

Publicado el 15/04/2022 a las 08:23

El bote de arándanos estaba vacío. Me levantaba un jueves mirando con cara de perro el móvil, marcaba la hora de despertarse y yo no quería. Eché un brinco para deshacerme de las sábanas cuando me pareció notar un pequeño pinchazo en el abdomen, no le di importancia. Ya en el colegio me despejé un poco, un par de malas contestaciones a compañeros que no tenían la culpa me hicieron sentir extraño. Fruto del gran trabajo de mis padres, ya supieron que no se trataba de un simple dolor de barriga, fui al hospital en torno a las nueve y media de la noche. Allí la espera no se hizo muy larga, un par de análisis y una ecografía bastaron para que me diese cuenta del problema, una apendicitis. Recorrí en camilla los fríos sótanos del hospital en manos del celador llamado “El Rápido de Aranjuez’’, un gran apodo, sin duda, y posteriormente los cirujanos se dispusieron a calmarme. En ese mismo instante me pidieron que recordase algo bonito. Me recordé a mí, sentado con mi abuelo en un pequeño banco situado en el monte Igueldo justo en la parte superior del Peine del Viento. El sonido del mar se introdujo en mis oídos y, si por algún casual no hubiera llegado a despertarme del sueño, ahora mismo descansaría en la eternidad del Mar Cantábrico. Sin embargo, el destino no escogió ese camino. Supe ver los años pasar y me vi a mí mismo en el presente como una tortuga panza arriba sin poder levantarme. Por las noches, veía a mis padres dormidos a mis pies teniendo que aguantar mis alaridos y el sonido de los mecanismos de la cama. Aprendí lo bueno que es tener buena salud, el poder regocijarse en la cama en busca de la postura perfecta y el respirar aire puro. Me odiaré por esto pero esto es en lo que consiste ser un ser humano, nos caemos para aprender a volvernos a levantar. Así, otra vez pensaré dos veces el ventilarme un bote de arándanos.

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