El regalo del Adviento
Publicado el 29/11/2021 a las 09:15
El Adviento está lejos de ser, entre nosotros, como la Navidad, un tiempo especial. En los últimos años, han ido penetrando desde el centro y norte de Europa algunas costumbres y símbolos populares, como las coronas vegetales, el adorno de casas y comercios, las iluminaciones cada día más tempranas, que anuncian la Navidad. Hasta el Concilio Vaticano II el Adviento era más bien un tiempo penitencial al estilo antiguo, casi una pequeña Cuaresma. Hoy entendemos mejor esa “preparación arrepentida” como un nuevo modo de pensar y de vivir preparando “el camino del Señor”, apartándonos del dominio de los señores cotidianos de nuestras vidas.
Cada Adviento, los cristianos revivimos los anhelos y esperanzas del antiguo Israel, y, cada Navidad, celebramos el cumplimiento de esa esperanza. El Adviento es preparación para la venida de Jesús el Cristo al mundo: ayer, hoy y mañana. Los personajes litúrgicos del Adviento, el profeta Isaías, Juan el Bautista y María, la madre de Jesús, son los prototipos de esa esperanza: un nuevo hombre, una nueva vida, un nuevo mundo.
La venida de ayer es más fácil de entender. La de hoy y la del mañana, algo más complicadas. Al escéptico, avaro y misántropo, Ebenezer Scrooge, protagonista del popular e inmarcesible Cuento de Navidad de Charles Dickens, el espíritu futuro de la Navidad le hace ver las consecuencias futuras de su destino y le convence de que aún está a tiempo de cambiar su vida.
El autor de El espíritu de la utopía (1918), el filósofo alemán Ernst Bloch, nos enseñó sobre todo en su obra cumbre El principio esperanza (1959), desde su marxismo ateo, que “lo importante es aprender a esperar”, y que “la desesperanza es en sí, tanto en sentido temporal como objetivo, lo insostenible”. Como tantos creyentes de todos los tiempos, y tantos no creyentes como él, se niega a rendirse sin más al “hacha de la nada”, que para él es la muerte. No se resigna a que “el hombre acabe igual que el ganado” y a que “la última melodía que escuche sean las paletadas de tierra que alguien arroje sobre mis despojos”. Él, que definió a Jesús de Nazaret como “un hombre bueno, algo que todavía no había sucedido”, y declaró que “donde hay esperanza hay religión”, encontraba por doquier la afirmación de la vida frente a la muerte: la ayuda al prójimo, la sonrisa de un niño, la entrada de un barco, el arte, la música…
Nosotros, que celebramos el Adviento como preparación, simbólica y real, para la venida de Dios a nuestras vidas, ayer, hoy y mañana, tenemos todos esos motivos que tenía Bloch para seguir esperando, pero sobre todo el de la venida de Jesús al mundo y su promesa de que volvería a venir a cada uno de nosotros, en cada etapa de nuestro mundo, así como al final del mismo. En la lectura y reflexión de y sobre su Palabra. Siempre que en el prójimo le veamos a Él. Siempre que nos reunamos en su nombre. Siempre que partamos, siguiendo su mandato, el pan de la gratitud, de la adoración, de la fraternidad y de la esperanza.
La mejor filosofía española del siglo XX nos enseña que la vida del hombre es espera y esperanza, terrena y transcendente. El hombre espera siempre algo y todo a la vez. El objeto de la esperanza genuina es seguir viviendo. Seguir siendo uno mismo (autoposesión). Ser más. Ser más uno mismo. Ser más hombre. Ser sin límite.
La espera y la esperanza humana no pueden ser, por otra parte, un empeño individual, sino comunitario, ya que la existencia humana consiste en dar y en recibir, en compartir un mundo que llamamos nuestro. Hacia la plenitud común, que llamamos felicidad.
El tiempo de Adviento -que es, al fin y al cabo, toda nuestra vida- es el tiempo de la esperanza de los hombres mortales, “salvos en la esperanza”, al decir de San Pablo.