Lavado y ensuciado de cerebros

Ismael Oroz

Publicado el 31/08/2021 a las 08:15

Hacía ya tiempo que no escuchaba, en persona o en alguna conferencia o debate por Internet, a alguien hacer ciertas afirmaciones que, hace años, escuchaba constantemente. Se trata de quienes ven en el ataque a los católicos alguna suerte de alivio para sus frustraciones vitales particulares. Pero, concretamente, hablo de una expresión que (bien lo sé) se vende mucho: “es que en los colegios religiosos te lavan el cerebro”, y sustitúyase “colegios” por “universidades” o incluso “familias”. Es inaudita la soberbia intelectual que rezuma esta frase, dicha por quienes acudieron a estas instituciones siendo niños y adolescentes; y la superioridad moral con que se hacen acusaciones como esa. Se acusa a colegios religiosos de, mediante las oscuras artes de leer el Catecismo y llevar a sus alumnos a recibir los Sacramentos, y otras cosas más atroces como enseñar en las aulas (aulas de colegios que se reconocen cristianos) doctrina y moral cristiana, en lugar de enseñar también islámica u oriental; se acusa, decía, de impedir el florecimiento de un criterio propio en los alumnos, cercenando la capacidad crítica.

Lo cierto es que, llegados a este punto, debería ser redundante explicitar cuál es la descomunal falta lógica de esta acusación, pero ahí va: si esta fechoría se ha llevado a cabo en las clases a las que acudían estos autores (y no olvidemos que, en la mayoría de casos, extraen la autoridad moral para hacer estas acusaciones del hecho de que ellos mismos recibieron esta educación cristiana, y sufrieron estas mismas atrocidades), cabe preguntarse de dónde derivan ellos esa admirable capacidad crítica para enfrentarse con tanto heroísmo al conjunto de instituciones y profesionales que los acogieron cuando eran más pequeños. ¿Acaso su “criterio propio” les ha caído del cielo más tarde?

Una réplica frecuente suele ser que no fue hasta que salieron del colegio y pudieron tener contacto con textos y autores de pensamiento muy distinto que comenzaron a desarrollar esa capacidad crítica. En este punto pueden hacerse dos observaciones. En primer lugar, es crucial reparar en que al colegio se va con una edad y no con otra, y que esos textos y autores quizá sean comprensibles para un joven, pero no para un adolescente o un niño. En segundo lugar, y más importante, ha de señalarse que, si una vez abandonado el colegio uno fue capaz de encontrarse con nuevos libros, autores y doctrinas y entenderlas (y no sólo entenderlas, sino incluso incorporarlas), aun cuando eran diametralmente opuestas a las recibidas en las aulas, es muestra clara de que la capacidad crítica permaneció, como mínimo, intacta durante los años de educación. Se pone de manifiesto que al alumno le faltaba no criterio y mentalidad crítica, sino simple y llanamente, contenido.

Y si la crítica que desea hacerse ahora es la de que estas escuelas limitan a los alumnos el acceso al contenido ideológico o filosófico diverso al cristiano, aquí ha de insistirse vigorosamente en la necesidad de distinguir unos colegios de otros, y no cabe generalizar. Un servidor se ha educado en un colegio en que el acceso a la literatura, la cultura, y también a los autores irreligiosos más importantes (como los filósofos de la sospecha) se nos ha brindado con ilusión, profusión y profundidad, y sólo dejamos de empaparnos de todo esto en la medida en que la pereza para estudiar, o quizá los prejuicios, nos privaron de ello. En suma, quisiera invitar a quienes, devotamente, entregan su vida a aventar estas acusaciones tan infamatorias, a un vivificante ejercicio de agradecimiento hacia quienes se responsabilizaron de su educación; ojalá que con la entrega, el respeto y la ilusión con que lo hicieron los maestros de mi colegio (cristiano).

Ismael Oroz estudiante de Medicina en la Universidad de Navarra

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