Desde mi ventana

Germán González Estremad|

Publicado el 15/05/2021 a las 09:49

Veo revolotear cinco palomas blancas y recuerdo cómo en 1996, se veía la harinera Ilundáin. Todavía funcionaba y era tan ruidosa que tuve que comprar contraventanas en mi piso para poder dormir. Junto a ella, se veían dos depuradoras circulares que saneaban el agua de Inquinasa que, después de almacenarla en la plaza de los Sauces de Barañáin, la conducían a su destino al otro lado de la Avenida de Aróstegui. Pronto, la harinera se cerró y se veía cómo acudían muchos pasteleros para trabajar en el obrador que se ubicó en sus instalaciones.

También se veía a vecinos de Barañáin que aprovechaban los rincones junto al río para cultivar pequeños huertos y se oía ladrar a sus perros de caza guardados en pequeñas jaulas de bidones de hojalata. Más tarde, aparecieron personas extrañas acompañadas de conejos, gallinas, cabras y palomas, palomas de palomar, grandes, blancas que se instalaron en el edificio anejo a las antiguas depuradoras. Con la presencia de esas personas, se dejaron de ver los hortelanos, los perros, las casetas y los paseantes. De vez en cuando, se veía una hoguera que desprendía olores pestilentes que se esparcían por todo Barañáin. Eran de los plásticos quemados que liberaban el cobre que cubrían. A la par que estas personas y animales, se veían camiones y remolques de una empresa constructora. Un buen día, los camiones desaparecieron y, poco después, también las personas y los animales, menos unas pocas de las blancas palomas que seguían en su atalaya junto al río Arga. Los que se fueron no las pudieron coger a todas.


Después se empezaron a ver personas pertenecientes al último peldaño de nuestra sociedad. Gentes que, ocasionalmente, dormían, hacían fuego, decoraban con grafitis las paredes de la harinera, jóvenes que se entretenían abollando los coches abandonados o quemando cualquier cosa. Mientras tanto, las palomas seguían tranquilamente en su curioso palomar. Después, vimos la tragedia anunciada. El 12 de enero de 2021, de madrugada, un pavoroso incendio nos obligó a llamar varias veces al 112. Parecían fuegos artificiales. Nos invadió el miedo del fuego y de los tejados de uralita con el amianto correspondiente. Finalmente, vimos a operarios encapuchados vestidos de blanco que recordaban a las películas de ciencia ficción. Recogían las placas de uralita. Dos tremendas máquinas con una boca de sierra han derruido lo que quedaba de la antigua harinera. Ha pasado el tiempo y únicamente han quedado cuatro paredes de lo que al parecer era el molino medieval de Barañaín. Ahora, únicamente se ven las palomas blancas, cinco, que revolotean extrañadas buscando su desaparecido palomar, que ya no lo encontrarán nunca.

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