De 'El Quijote de Avellaneda' y de Iris (II)

Ángel Sáez García|

Actualizado el 17/03/2021 a las 08:15

(SIgue.) A la súplica que le hace don Quijote de que le refiera noticias de su hermosa amada, de su edad y nombre y de los de sus augustos progenitores, don Álvaro responde de inmejorable e inolvidable modo circunspecto: “—Menester era —respondió don Álvaro— un muy grande calepino (esto es —el apunte es nuestro—, un diccionario latino, llamado así por su autor, Ambrogio o Ambrosio Calepino, humanista agustino italiano, nacido en Calepio, de ahí su apellido, de tan vasta erudición que escribió un famoso en su tiempo vocabulario latino, “Dictionum interpretamenta”, 1502, modelo léxico) para declarar una de las tres cosas que vuesa merced me ha preguntado. Y pasando por alto las dos postreras, por el respeto que debo a su calidad, solo digo de sus años que son diez y seis”. Aunque debo concluir la relectura de la novela del supuesto tordesillano para aquilatar la tesis que anda gravitando sobre mi pesquis o rondándomelo, tengo para mí que “El Quijote de Avellaneda”, además de otras tantas cosas, que no niego ni puedo negar, es un sentido y sincero homenaje (y aquí, para cerrar el círculo, no usa servidor la hipérbole) al “Don Quijote” cervantino. Solo el amor auténtico, el del bueno (o tal vez su contrario, el odio) puede explicar que alguien le dedique a alguien o algo tanto tiempo y esfuerzo. Ángel Sáez García angelsaez.otramotro@gmail.com

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