Colillas de tabaco y otros
Publicado el 01/03/2021 a las 08:17
Leo en los medios de comunicación navarros, con fecha 25 de febrero, el “rifirrafe” mantenido en el Ayuntamiento de Pamplona, a raíz de las colillas arrojadas al suelo. Al margen de consideraciones de responsabilidades, que las hay, quiero empezar diciendo que responde a, como casi siempre, un problema cívico cultural.
Soy fumador y, además, por mi experiencia de trabajo durante muchos años, conocedor de primera mano de lo que representa un tipo de comportamiento así, arrojar las colillas (filtros) en cualquier lugar, como otros a los cuales también haré referencia.
Las colillas se terminan introduciendo por las rejillas que vemos en los pavimentos, y se incorporan a los colectores de pluviales. Es decir, a tuberías que desembocan finalmente -y de forma directa (hoy por hoy, así es todavía aquí)- en los cauces públicos. Para evitar el fenómeno de las colillas, a los que, como yo, son fumadores, les pediría obren de un modo tan sencillo como este: llevar encima una pequeña petaca estanca, metálica (cualquier envase de chicles o caramelos que puede adquirirse en cualquier lado), de modo que, una vez terminado el cigarrillo, lo introduzcan en ella, tal cual (la estanquidad del envase hace que el cigarrillo se apague por sí solo ante la falta de oxígeno) y, cuando lo consideren oportuno -teniendo buen cuidado de que esté todo bien apagado, que es fácil de ver, lógicamente- vaciar el envase en cualquiera de las “miles” de papeleras que existen.
De este modo, nos evitaremos que, encima, la sociedad tenga que gastarse en “ceniceros particulares” para dárnoslos gratis (idea que he visto reflejada en las noticias leídas, y que me parece una auténtica barbaridad, al igual que me he quedado perplejo, por decirlo suavemente, con la propuesta/idea del reciclado de colillas/filtro).
Pero no solo son las colillas(...). Podemos hablar de latas, botellas plásticas y otros, agolpados en las “bocas” de entrada a las redes de saneamiento unitario. “Bocas”, llamadas imbornales, que se convierten en una suerte de papeleras, provocando, con su taponamiento, que no se realice un buen “desagüe” por ellas, y nuestras vías públicas (incluidas rotondas) se vean sometidas a embalsamientos que provocan problemas de seguridad a la conducción, y a peatones respecto al desplazamiento de agua con el paso de los vehículos por las balsas creadas. Al margen del peligro, el mantenimiento de limpieza necesario es muy costoso y pagado por todos. Al igual que los colectores de fecales, por lo que se arroja desde el interior de los inmuebles -las famosas toallitas, los palillos “orejeros”, gasas, y un sinfín de productos desechados por donde no se debe -otro punto incívico que sigue ahí a pesar de las campañas informativas y noticias espectaculares de atascos. (...) Hay otra cuestión muy importante que quiero reflejar, por ser para mí (y creo que para la mayoría social) una cuestión básica de Salud, y Medioambiental. Me refiero a escupir en la vía pública. Por la parte de la Salud, creo innecesario destacar nada, por obvio. Es curioso, y triste, que se haga hincapié ahora con el tema de protecciones ante la pandemia, y no se “meta mano” a quienes tienen esta costumbre y la practican sin recato. Por la parte Medioambiental, estos residuos orgánicos, son lavados por el agua de lluvia, al igual que la propia polución en los pavimentos, por tráfico y “derrames” incívicos varios (como los vertidos a las rejillas de los cubos de limpieza, lavados de silos y hormigoneras de obras -que encima, llegan a crear taponamientos de gran coste para solucionarlos-, etc.) y trasladados a los cauces, de modo directo, a través de los colectores de pluviales (aquí todavía no se ha implantado el control de las llamadas “aguas grises”, y eso ya es un tema de responsabilidad de la entidad competente que pueda corresponder -y creo, más bien, que puede ser NILSA que la MCP-), con lo que ello también comporta.
Muchas son las personas que suelen ir dando lecciones de ecologismo (todos son “la mar de solidarios” y se indignan ante la contaminación y sus secuelas), para, seguidamente, no cumplir nada de lo que realmente debieran hacer. Esta sociedad solo aprende, desgraciadamente, a base de “palo”, por lo que, para quien no quiera ser cívico (con lo sencillo que es), y siga afectando a los cauces y provocando costes sociales, hay que aplicar, sin miramientos, las sanciones/trabajos sociales oportunas/nos. Y hacerlos cumplir. Sin olvidar que las reglas de convivencia deben enseñarse desde pequeños, empezando por el ámbito familiar. Que esa es una lección de “primaria” humana, que todavía se suspende repetidamente.
Javier M. Elizondo Osés