Lo sacro. Lo sagrado

Víctor Manuel Arbeloa|

Publicado el 28/02/2021 a las 20:36

Si yo escribiera aquí que el día 17 de febrero comenzó el tiempo sacro de Cuaresma, no faltaría quien se preguntara qué está diciendo ese cantamañanas o ese chiflado. Si escribiera que el 12 de abril comienza el tiempo sacro del Ramadán, tal vez fuera un poco mejor entendido.

Lo sacro, lo sagrado: esa atmósfera, ese clima, ese espíritu, entre humano y divino, inmanente y transcendente, humanizador y divinizador, que envuelve y penetra toda la creación, todo tiempo y lugar, y señaladamente a todo ser humano, que vive, goza, pena y muere en ellos.

De nuestros padres, de su palabra y de su ejemplo, aprendimos un día a vivir lo sacro. Aprendimos a cultivarlo en nuestra educación cristiana. Un día, tuvimos la posibilidad de confirmar aquella infantil educación con las sagradas escrituras mesopotámicas, chinas, indias, griegas, hebreas y cristianas, que han educado al mundo.

Pero, ¿de qué hablo? Todo el mundo elogia hoy la “desacralización” como signo supremo de modernidad. Ni un solo guía, por devoto que sea, distinguirá un templo -¡”casa de Dios”!- de un palacio o un castillo, antes de comentar la fecha de su construcción o el estilo de su portada. Y hasta una buena parte de los que van a misa se sientan en el banco sin más, como si estuvieran en un cine o en un estadio de fútbol, sin una genuflexión, sin una inclinación de cabeza o señal de la cruz…, que tanto recomendaba el gran Blas Pascal para la verdadera devoción.

Tuve la suerte, en Italia, de volver a aprender, apreciar y valorar, también de agnósticos y ateos notorios, pero humanistas de talla, el sentido sacro de la existencia civil, privada y pública, política y patriótica, por encima de cualquier fe o no fe, o color partidista. Claro que lo sacro no se circunscribe a catedrales, santuarios, iglesias y ermitas, casas de Dios y casas de los hombres, donde millones de fieles vivieron algunos de los momentos más importantes de su vida. Lugares sacros son también los cementerios (etimológicamente, dormitorios) o camposantos. O cualquier lugar donde se rinda culto a hombres muertos o sacrificados por cualquier causa noble. Sacros asimismo, los lugares, en los que hombres viven, sufren y esperan, como hospitales, clínicas y centros equivalentes, donde el silencio, el asombro, la meditación, el respeto, la solidaridad, la compasión, la empatía… -incondicionales compañeros de toda sacralidad- son señas de identidad. ¿Cómo podremos negar igualmente el carácter sacro de lugares donde los hombres se las ven con la justicia y la injusticia de otros hombres (Audiencias, Juzgados…), o donde penan su culpabilidad en el ancho campo de las relacione sociales (cárceles y otros centros penitenciarios)? Más fácil es entender la sacralidad de sitios donde aprendemos y cultivamos el saber sobre la vida y el mundo de los hombres (universidades, institutos, escuelas), y donde celebramos esa misma vida, personal y colectiva, su destino y transcendencia, a través de la ciencia, las letras y el arte (laboratorios, bibliotecas, archivos, museos, palacios de la música…), donde nuevamente nos encontramos con el silencio, el asombro, la meditación, el respeto… Y tendría que decir algo parecido no solo de otros lugares, que el lector puede añadir por su cuenta, sino a la vez de ”tiempos”, tiempos sacros: litúrgicos, festivos, fúnebres, familiares, societarios, sociales, patrióticos, universales… ¡Cómo hemos ido perdiendo aquella herencia de sentido sacral en tantos ámbitos de nuestra vida! ¿Qué tiene que ver la saludable secularidad de los Estados y de ciertos usos y costumbres con un laicismo inhumano, disolvente y empobrecedor de la existencia humana? En verdad, ¡cómo nos ha empobrecido!


Víctor Manuel Arbeloa, escritor

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