Pensar pincha

Carlota Verde Morte|

Actualizado el 05/02/2021 a las 08:12

Paseaba rodeando las mesas del salón donde mi madre acumula toda clase de libros, artículos y álbumes de fotografía cuando de pronto saltó a mi vista un título: “¡Indignaos!” gritaba la portada, y entonces me vi obligada a rescatarlo de la pila de novelas que lo ocultaba. Más tarde, me senté tranquilamente en el sofá y comencé a ojearlo. Era breve pero sus párrafos pronto captaron mi atención. “Yo le digo a los jóvenes: buscad un poco, encontraréis. La peor actitud es la indiferencia, decir: paso de todo, ya me las apaño. Si os comportáis así perdéis uno de los componentes esenciales que forman al hombre. Uno de los componentes indispensables: la facultad de indignación y el compromiso que la sigue”, rezaba una de las páginas del manifiesto que el veterano activista Stéphane Hessel escribió en los albores del movimiento del 15M. Personalmente, creo que pensar es incómodo. Vienen ideas a la mente que se unen a otras tantas y esas tantas terminan normalmente en otra inesperada acerca de uno mismo. Es ahí, en ese preciso momento, cuando uno sabe que si les da cuerpo tendrá que terminar por solucionar algunas cuestiones. En definitiva, uno corre el riesgo de quedar atado. Por ello, lo fácil y menos molesto es cortar el paso a algunos pensamientos, al menos durante el tiempo que nuestra conciencia nos lo permita. Pienso que el germen del problema se encuentra en buena parte en la desconexión que de manera prácticamente inevitable solemos experimentar como consecuencia de nuestro estilo de vida. Durante el último siglo, demasiadas cosas se han interpuesto entre el ser humano y su entorno y nos han hecho olvidar nuestra condición primera de seres humanos que forman parte de una sociedad, la cual necesitan para su correcto desarrollo y evolución. Los problemas de ésta serán en buena medida los suyos y su persona será en buena parte reflejo de la masa. Sin embargo, el “yo” va tomando protagonismo y los demás, junto con sus problemas, quedan a la espera de un momento futuro mejor para ser atendidos. Además somos habitantes de un planeta, de una casa de cuyo cuidado solemos responsabilizar a quienes están en el poder por la errónea creencia de que nuestras acciones como jóvenes serán siempre insignificantes. A menudo las religiones han sido quienes han resaltado la necesidad de lograr cierta cooperación entre ciencia y religión para preservar la tierra. No obstante, la solución requiere de una fuerte implicación ética y no meramente técnica para conseguir un cambio de fondo dada la inseparable relación que existe entre la degradación ambiental y la degradación humana y ética. Todo ello es campo de cultivo para un sentimiento de desconexión con nosotros mismos que nos dificulta la que llamo: “tarea de las tres pes”: parar, pensar y plasmar. Nos resulta difícil dotar de pertenencia y ubicación a nuestra existencia y, por tanto, lograr una vida con sentido.

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