Un año no es nada

Vicente E. Tanco Nicolay|

Publicado el 16/01/2021 a las 09:37

Pareciera que fue ayer cuando Pilar Labiano, dominica navarra, nos dejó para quedarse. Se fue el 16 de enero 2020, como presagiando lo que iba a ser este año malhadado. Me lo dijo una tarde, mirándome de frente, como si de una inspiración se tratara y que hubiera recibido en su diálogo íntimo consigo misma, con Dios, con la vida entorno, la noche anterior: “El año 2020 y el 2021 van a ser muy duros. Tenemos que reaprender. La gran crisis de las religiones está alumbrando una nueva vida, como una madre que muere al dar a luz. Este siglo va a ser el siglo de la espiritualidad. Pero antes…”. Los santos son así, dicen las cosas con una naturalidad propia del que está rozando con sus dedos el Misterio de Dios. No cabía en ella el miedo y la inseguridad. Estaba tan convencida de su fe y de la opción juvenil de entrega a Dios a través de la vida dominicana y de la educación, que era imposible no creerla; y lo decía sonriendo, como si tal cosa.

Los alumnos la recuerdan a cada paso: “la Pilar nos decía, un día me dijo, en clase nos hablaba, nos enseñó a leer la vida y cada acontecimiento con el taco-calendario del Corazón de Jesús en la mano, nos hacía aprender la frase del día…”. O “la Pilar era tan buena, una santa, fue mi madrina, a veces nos regalaba, estaba en el patio sin perder la paciencia y atenta a todos, nos escuchaba y lloraba con nosotros…”. Y así cada día después de un año de ausencia. Los exalumnos/as, muchos ya padres y madres de familia, no dejan de engrandecer su persona, sus gestos, sus acciones de bondad… Como Pilar, ninguna. Pilar era realmente un pilar para muchos.

Pilar vivía por y para los demás. No sabía hacer otra cosa, máxime tras jubilarse después de más de cuarenta años de servicio educativo, de enseñar y educar con las metodologías más actuales - no perdía cursillo en el que aprendía para al día siguiente aplicarlo en clase -. Sus alumnos lo notaban: “ya ha estado Pilar en algún curso este fin de semana…”. Pilar era discípula del silencio; sabía bien que el silencio es el lenguaje de Dios. Sabía del poco hablar y mucho escuchar, del mucho pensar y no poco contemplar sin contemplaciones en su vida espiritual y humana. Exigente, asceta, pulidora del ego cual más. De algunas personas buenas solemos decir “es un alma de Dios”, sin que ello implique debilidad o falta de fortaleza. Pilar lo era, pero sin actitudes ñonas, ni blandenguerías espirituales, ni gestos edulcorados que no iban a ningún sitio. Forjada en la escuela de Santo Domingo de Guzmán, dominica recia, sensible y fina, navarra de pro, trabajadora, honrada, sufridora en silencio, buena con todos sin mirar condiciones personales o creencias diversas. Cada uno era para ella el Cristo en persona, el hijo o hija de Dios sin miramientos.

Pilar hacía yoga, sabía respirar y amar al unísono, practicaba zen para fortalecer su vida íntima de diálogo con Dios. Si la mirada es el reflejo del alma, la de Pilar transpiraba por sus ojos, por su piel, por sus brazos abiertos y sus manos dadivosas. ¡Si los sabrán los más necesitados que a ella acudían a cada rato y a los que atendía, aunque bien sabía ella quienes le engañaban y le contaban milongas! Pilar era una santa de la puerta de al lado, que dice el papa Francisco. Pilar, Pilar, dominica buena, nos dejó para quedarse y como un tesoro escondido, como una perla chiquita como era, le guardamos, un año después, en el corazón de nuestras vidas indefensas. Muchos sabemos y lo sabemos bien, que ruega, intercede, está vigilante por cada uno de nosotros, educadores, alumnos, familias, necesitados de Villava e incluso autoridades públicas que le homenajearon sin ella quererlo y que supo, con esa humildad tan suya, dejarlos hacer.

Un año ya en que Pilar Labiano sigue estando al lado, caminando en silencio, empujándonos y apoyándonos sin que apenas lo notemos, pero sabiendo que está ahí. Sorprendiéndonos cada día. Gracias.

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