Navidad y humildad
Publicado el 27/12/2020 a las 08:53
Celebramos estos días la Navidad, lo que permite meternos “en escena”. ¿Qué nos enseña Belén? Personalmente, creo que nos enseña el valor de la humildad. Mirando la humildad de Dios quien, siendo Dios, se “abajó”, “se humilló”, y se hizo hombre (lo cual, salvando las distancias, es como si alguno de nosotros pudiera y decidiera hacerse hormiga), podemos aprender a ser más humildes, incluso hasta sufrir la humillación, si fuera necesario. Pues, en efecto, para ser verdaderamente humilde, hay que pasar alguna vez (o algunas veces) por la humillación aceptada y asumida con paciencia (es decir, con paz y ciencia -sabiduría de pasar por alto la ofensa sin responderla-). Es un ejercicio espiritual voluntario, que requiere esfuerzo, pero los frutos son buenísimos: se aprende a ser menos susceptible, menos “ofendible”, y eso resulta magnífico para la convivencia y para evitarse sufrimientos vanos. Uno acaba dándose cuenta de que más que ofensas - objetivas-, hay ofendidos - subjetivos, sujetos que se dejan ofender con facilidad-, algo que me parece hay que trabajar para dar la vuelta; se aprende a tener más sentido del humor, porque uno se ríe hasta de sí mismo, de sus “rollos”, de sus flaquezas y de sus errores (para hacer eso, se necesita mucha humildad; sin duda, normalmente, ejercitada, no infusa).
Se aprende a poner la autoestima en su punto justo (ni demasiado alta - que equivaldría a soberbia- ni demasiado baja - que equivaldría a menosprecio de sí mismo-. Se aprende a no ser uno el centro de todo y a no tener una especial querencia o necesidad de ser querido, aceptado, tenido en cuenta… (porque uno entiende como más importante amar, hacer algo útil por Dios y por los demás que quejarse por el “mí”, “me”: que si “me” han dicho, que si “me” critican, que si “me” han relegado o no “me” han tenido en cuenta….). Y, con todo ello, se aprende a vivir con más paz y, por consiguiente, con más desapego y más alegría.
Todo esto, insisto, puede aprenderse de mirar a Belén, con el eco en nuestros oídos de la Sagrada Escritura: “(…) Ya sabéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor de vosotros se hizo pobre, siendo rico; para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos” (2 Cor 8, 9); “Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios: al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse, incluso, a la muerte, y una muerte de cruz” (Filipenses 2, 6-11); o recordemos lo que cantaban, admirados, los Santos Padres de la Iglesia: “¡Dios se ha hecho hombre para que el hombre se haga Dios, por la acción de la gracia!”.
Pues eso: aprendamos de Dios hecho Niño el valor de la humildad e, incluso, de la humillación, que produce tantos frutos de salud psicológica, emocional, espiritual y de convivencia.
Miguel Ángel Irigaray Soto