En Navidad a Javi echo de menos (3)

Ángel Sáez García|

Actualizado el 24/12/2020 a las 14:59

(Sigue.) Sor Lucía me comentó y convenció de que deberíamos acudir al hospital con más frecuencia, porque la alegría, el entusiasmo y la cercanía también ayudan a sanar. Diez horas escasas después, cuando yo me hallaba tumbado en una camilla sin poder moverme (se me habían desplazado las vértebras once y doce dorsales), sor Lucía me preguntó si yo era yo; cuando le confirmé que sí, sentí que ambos, sin decir una palabra más, en silencio, decidimos llorar, de consuno, al alimón (nuestras sonrisas habían devenido o mudado en lágrimas amargas), y ella no paraba de darme friegas en las manos, los pies y el resto del cuerpo para que entrara en calor, porque, tras el accidente de tráfico sufrido (causa del óbito de mi hermano José Javier, que había llegado ese año a la mayoridad y había votado sí en el referéndum de la Constitución Española), yo había arribado al recinto hospitalario aterido de frío. Mientras acaecía esto, en el quirófano el doctor, don Jorge Martínez Monche, estaba operando de la pierna a nuestro amigo y vecino “Fitín”, que también padeció los rigores del erebo. Año tras año, indefectiblemente, vuelvo a revivir por estas fechas (entrañables, para otros) la misma odisea de FANDO, frío, agua, niebla, dolor y oscuridad. Quizá al lector le brote preguntarme: / ¿Por qué sigues hurgando en esa herida? / Me surge responderle lo siguiente: / ¿De su fautor uno olvidarse puede?

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