Pasiva desolación

Rafael Blasco García|

Publicado el 22/12/2020 a las 08:21

Es evidente que la ignorancia es la cárcel del cerebro. Los datos sin contexto cultural semejan lucecitas mortecinas, más propias del ilusionismo. También es obvio que el ser humano está más perdido, en tanto ignora, para poder precisar un pensamiento libre y coherente. Cientos de Whatsapp nos bombardean; se reciben y se reenvían mecánicamente con muy poca capacidad analítica. De igual modo vemos, con cierta frecuencia, un ejercicio de cortar y pegar citas y pensamientos del bagaje cultural de la humanidad, convirtiéndolos en un despiece que no logra dotar a las ideas de columna vertebral. Utilizamos este despiece sin conocer en profundidad las obras de sus autores. Como loros repetimos lo que nos suena mejor en cada momento; se especula y se deja todo en un cierto limbo nihilista. Hemos visto en los últimos tiempos cómo la sensibilidad maniquea nos deja vagando en la narcótica niebla del desánimo; no nos vamos a pedir la exégesis de cuanto acontece pero es preciso iniciar la búsqueda de la luz. Pasemos de ser una multitud afligida a constatar que la actitud individual es necesaria para construir la dinámica de las mejoras sociales. En este país, tan proclive a la semiología popular, hay tendencia a clasificar al ciudadano a través de signos pueriles, como de derechas o izquierdas. Las buenas ideas, como base de convivencia, han de valorarse independientemente de su procedencia, mientras persigan un bien común que no atente contra la libertad. El silencio prudente de quien adolece de base cultural encierra una mayor sabiduría que las proclamas del pseudointelectual que nada en fanatismos radicales. Todo fanatismo constituye una patología tan triste y pobre como peligrosa, que siempre nos involuciona como seres racionales. Hemos conocido demasiadas muertes por no pensar como el fanatismo de turno requería. Así mismo vemos con estupor cómo se logran votos mediante afirmaciones categóricas, que resultan ser una concatenación de mentiras.

Los errores de un gobierno se pueden disculpar; no el introducirnos en el dédalo de las mentiras enarboladas con auténtico desparpajo. No a tanta catilinaria con terminología fruitiva de rábula que intenta obnubilar los hechos. Si así se consiente, no estaremos en una sociedad moralmente sana. A lo largo de la vida vamos formándonos una ética, y traicionarla es dejar nuestro rumbo a la deriva. Instilemos a nuestros hijos cultura y humanidad, para formar seres libres que abstraigan sus propias ideas y sepan que todo conocimiento tiene el destino final de mejorar la vida. Todos nacemos y morimos, todos amamos y sufrimos, dudamos y somos frágiles. Dejemos a nuestros hijos la única y trascendental herencia que deben recibir: amor a la humanidad. Luchemos por no fracasar en esto. La utopía, hoy en lucha con la distopía, ganará mientras vaya de la mano de una sociedad formada en valores. La esperanza que quedó en la caja de Pandora ha de ser nuestra aliada. La ignorancia es una puerta tras la que nos encerramos, impidiendo la reflexión y el crecimiento moral de una sociedad. Nuestra pasiva desolación empieza a ser actitud reprobable. No podemos consentir que nos crezca la lana porque, tras mordernos en los tobillos y dirigirnos, nos esquilarán y, con exigua voz plañidera, solo nos quedará balar.

Rafael Blasco García

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