Elogio de la luz
Publicado el 14/12/2020 a las 08:07
Después de pasar Navidades y más Navidades manteniendo nuestro balcón en una voluntaria y discreta oscuridad, lo amargo de las circunstancias y la tenacidad con que mi esposa maneja los hilos de mi existencia me han llevado a dar un giro de 180 grados en mi actitud hasta terminar aceptando lo inevitable. Y así, por primera vez en mi vida, he colocado varias guirnaldas de luces en mi balcón. Unas guirnaldas baratitas, no se vayan a creer ustedes, de esas que funcionan a pilas y emiten una suave luz dorada capaz de regularse de ocho maneras distintas, desde el parpadeo más discotequero hasta ese suave encenderse y apagarse que imita la respiración acompasada de quien duerme con el estómago lleno y el corazón libre de preocupaciones. Yo, que soy más bien clásico, he preferido dejarlas en posición de firmes, sin florituras y bien embridadas a la barandilla para evitar que la alegría desemboque en tragedia la noche menos pensada.
Y qué quieren que les diga: lo que hasta hace cuatro días me parecía una horterada hoy me calienta el corazón con esa ternura especial que sólo dan las cosas pequeñas. Y aunque refunfuñe cada vez que me toca salir a encenderlas o apagarlas -es decir, siempre-, me consuela saber que, gracias a estas chispitas de luz, la oscuridad ahí fuera es un poco menos impenetrable. Y aunque no esté en mis manos hacer mucho más por arreglar las cosas, al menos permítanme testimoniar con un puñado de vatios la alegría de esa luz que algunos todavía nos empeñamos en celebrar en estos días, y que sin duda tiene el poder de iluminar estas y tantas otras tinieblas que nos rodean.
pablo blanco del moral