Renovables, la solución al confinamiento energético

Santiago Galbete Goyena|

Publicado el 13/12/2020 a las 08:57

Vaya por delante que soy un fan de las energías renovables y me siento un afortunado por poder dedicarme a ellas profesionalmente. El concepto de disponer de unos recursos (sol, viento) limpios, infinitos y que la naturaleza nos los ofrece sin coste alguno, me parece maravilloso. Adicionalmente el agua, aunque por desgracia limitada, debido a su capacidad de ser almacenada, resulta ser el complemento ideal. La controlabilidad de su generación, contra resta la aleatoriedad del sol y del viento, formando así “el trio” perfecto.

Repasando brevemente la historia de las renovables en nuestro país, fue tan solo en los años 60 cuando se descubre el sol como recurso natural. A nuestras playas, llegaron esculturales mujeres provenientes del norte de Europa, dispuestas a gastarse sus ahorros. Si por aquel entonces había en España algún no creyente, supongo que, ante semejante milagro, se habría convertido rápidamente. Pero hubo que esperar hasta el año 2008, para que al sol se le diera una aplicación energética. Esta inmersión fue muy breve, duró tan solo un año, un repentino cambio regulatorio paralizó la construcción de nuevas instalaciones fotovoltaicas. Tras un largo parón, hoy es ya una realidad, siendo su presencia relevante en nuestro mix energético. Sin embargo, los molinos de viento nos han acompañado siempre, a lo largo de nuestra historia, aunque fue a finales del siglo XX, cuando comenzaron a producir electricidad. Desde entonces, su creciente penetración ha hecho de los parques eólicos un claro referente de nuestro país. Finalmente, los grandes embalses y sus respectivas centrales hidráulicas, construidos mayormente en la segunda mitad del siglo XX, han sido esenciales para el desarrollo de nuestra economía. Con todo esto, hoy ya el 40% de la demanda eléctrica se satisface con energías renovables.

Dando otra vuelta de tuerca a este tedioso confinamiento y puesto que la hipótesis más extrema ha pasado a la categoría de lo posible, trato de imaginarme, desde el punto de vista del suministro, a España en un contexto, en el que tampoco el tráfico de mercancías entre países esté permitido. Volveríamos a recoger los frutos de nuestros árboles, en lugar de importarlos del norte de África, el ganado volvería a ocupar nuestros pastos y la industria textil se activaría de nuevo, dejando así de depender del continente asiático. En cierta manera, volveríamos al pasado. Con todo ello conseguiríamos, los españoles, ante una situación de aislamiento, alimentarnos y vestirnos, no es poco. ¿Y qué pasaría con el suministro energético, especialmente necesario en la época tan fría y obscura en la que nos encontramos? Obviando el perjuicio medioambiental, miraríamos a nuestras minas de carbón, gran desilusión. El carbón que resta en España es de tan baja calidad y difícil extracción que no nos serviría. Actualmente procede de Indonesia, Sudáfrica y Rusia. Nuestras modernas centrales de ciclo combinado, todas construidas en el siglo XXI, deberíamos apagarlas, carecemos de gas natural. Hoy proviene de Argelia, Catar y Nigeria. Decomisionaríamos las cinco centrales nucleares, tampoco tenemos uranio, éste procede de Canadá, Australia y Sudáfrica. No podríamos encender nuestras calefacciones, el petróleo es un desconocido en nuestra geografía. Nigeria, México y el Golfo Pérsico son los principales proveedores.

En definitiva, nuestro subsuelo es paupérrimo en cuanto a recursos energéticos se refiere y únicamente la generación renovable, junto a una electrificación de los vehículos y de los sistemas de calefacción, podrían garantizarnos una autonomía energética. A lo que habría que añadir la tranquilidad que esto supone. Y puesto que lo cortés no quita lo valiente, deberemos siempre atraer a esas huéspedas tan guapas, ya que todavía más a su favor, no necesitan electricidad para brillar.


Santiago Galbete Goyena, doctor ingeniero

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