Salvemos el Palacio de Aizkolegui
Publicado el 02/12/2020 a las 09:20
Uno de mis lugares preferidos, por el encanto que destila, es el Palacio de Aizkolegui o quizás debería decir lo que queda de él. Desde que nos acercamos al precioso valle del Baztan ya se divisa, misteriosamente encumbrado en una cima, el increíble palacio blanquecino. Atravesando un bosque digno de película, se llega a la cima de este elegante lugar, construido por quien apreció el privilegio de disponer de un palacete en el punto más alto de una montaña y divisar el mar. Rodeado de bosque, tiene aspecto de casa de cuento, pero en realidad fue el encargo de los señorea Ciga a diferentes artesanos internacionales, ya que se lo podían permitir. Repasando la historia del Parque Natural de Bértiz, uno de los atractivos más visitados de esta tierra, la antigua familia navarra propietaria fueron los Bértiz, favorecidos por Carlos III el noble, pero que no pudieron mantenerla al pasar a peor fortuna. Posteriormente la adquirió un vecino de la cercana Narvarte, para explotación maderera; sin embargo, erró al estimar que podría mantenerla con sus ingresos y tuvo que subastarla, acto al que acudieron los Ciga y se la adjudicaron en 1898. Se podría pensar que la adquirieron solo para el disfrute de sus lujos, pero en realidad fueron ecologistas, conservaron el bosque y prohibieron su explotación, respetando todo lo que era la finca. Al fallecer la donaron en 1949 a la Diputación Foral y por ende a todos los navarros, con la condición de conservarla sin variar sus características, siendo declarado Parque Natural en 1984.
Si bien el palacio ubicado en el parque es impresionante y bien merece una visita, incluida una lujosa biblioteca, estancias con vidrieras modernistas y maderas talladas, cenador al río, jardín botánico, capilla barroca y otras maravillas, llama también mucho mi atención la subida al palacete superior. En él pasaban quince días de descanso estival, hicieron construir una pista de acceso de más de diez kilómetros rodeados de hayedos hasta la cima de 842 metros y desde la que la vista es tan increíble, con perspectiva de 360 grados, que la estancia debía ser verdaderamente relajada. Sin embargo, me invade una sensación de congoja por el estado en que se encuentra, pese a sus espectaculares vistas, incluida la costa.
Sobrevive a duras penas el palacio que se edificó como un refugio modernista de recreo, un lugar para disfrutar de los encantos de la naturaleza. Si se observa con detenimiento se ven sus tejas pulidas para recoger el agua por cañerías, se adivinan sus vidrieras, sus azulejos con franjas, su cocina económica para calentar, su disposición de grupo electrógeno traído de quien sabe qué lugar lejano y por supuesto su terraza superior a modo de mirador desde donde contemplaban las estrellas. No se puede tener un lugar más idílico, ahora nuestro, que se merece ser conservado. Parece increíble que no se consiga presupuesto foral, nacional o europeo, antes de que sea demasiado tarde y poder visitarlo en su acceso desde el parque, formando parte de su visita guiada. No me abandona la ilusión de verlo algún día como fue y respetar su legado.