En primera persona

Santiago Galbete Goyena|

Publicado el 23/11/2020 a las 08:25

Hace algunos años, no muchos, esperando en la cola del control de seguridad del aeropuerto de Heathrow, el policía pregunta si alguien sabe español. Sin saber realmente para qué, me presto voluntario y me hace pasar rápidamente el control. Allí me encuentro una chica pálida postrada en la moqueta y su madre arrodillada a su vera. El policía, bastante descompuesto, quiere saber qué le pasa a la chica. En malas condiciones no está dispuesto a permitirle subirse al avión. Ante mi sorpresa, la chica solo sabe comunicarse en vasco, su madre se comunica conmigo en castellano y yo lo debo traducir al inglés. Su madre me dice en tono bajo que su hija tiene la regla y está mareada. La verdad, me cogió de sorpresa y la conversación sobre “the menstruation”, improvisación total, con el iracundo policeman no transcurrió con la naturalidad que me hubiera gustado. Tras este episodio, quedaba ya poco tiempo para el embarque así que salí corriendo hacia mi puerta, riéndome solo de la situación tan ridícula que había vivido.

Finalmente, embarco y tras el bajón físico después de la carrera, ya en mi asiento, me llega el enfado y la indignación. ¿Cómo puede haber una chica en el siglo XXI que solo se puede comunicar en una lengua local? ¿Quién gana con esta situación? La chica no, la incomunicación y aislamiento le hicieron pasar un mal rato. Su madre tampoco, todas las madres quieren la mejor formación para sus hijos y ella se dio cuenta que no lo estaba consiguiendo. Sobra decir que el policeman y yo tampoco. A mi juicio, los ganadores indiscutibles son aquellos que, consiguiendo perfiles semejantes a esta chica, abocados a no salir de su tierra y fácilmente manipulables, se garantizan una placentera vida.

Reflexionando sobre esta anécdota y con la inevitable perspectiva de esta pandemia, me surgen ideas relacionadas con la comunicación. Ahora más que nunca el lenguaje debe servir para comunicar. Estoy convencido que solo conseguiremos ganar a este sibilino virus si la información científica fluye más rápido que su velocidad de propagación, para lo cual el lenguaje no debe ser obstáculo alguno. Pongo como ejemplo a India, el país con la mayor riqueza lingüística del mundo, allí todos los estudios universitarios se cursan en inglés. Una política semejante en todos los países aseguraría, junto con las tecnologías actuales de comunicación, la inmediatez del flujo de información a nivel mundial.

Hace menos de un año el mundo era todavía pequeño, a nivel profesional visitábamos de forma rutinaria proyectos en los cinco continentes, por apenas 50 euros volábamos a las capitales europeas y por un poco más cruzábamos el charco. Los idiomas internacionales, mayormente el inglés, avanzaban rápidamente. Ahora esto ha cambiado radicalmente, ir a comer a casa de mi amigo José a Logroño está siendo toda una odisea. Si esta situación se prolonga en el tiempo, fácilmente se incrementará la influencia de las culturas locales y sus correspondientes idiomas. De cualquier forma, tengo claro, política aparte, que la paleta de idiomas en uso es dinámica, pudiendo alguno atenuarse con el paso del tiempo, el latín y el griego son claros ejemplos. Esto, de nuevo política aparte, no debiera ser ningún problema siempre y cuando se facilite la documentación necesaria para que todo aquel que lo desee pueda aprender sobre las diferentes lenguas que nos han acompañado a lo largo de la historia.

Por último, y supongo que ya lo sabrán, una risa o una sonrisa pertenecen al lenguaje internacional y fácilmente te pueden sacar de muchos apuros, aunque pensándolo bien, también te pueden meter en otros. Más vale que no solté una carcajada enfrente del iracundo policeman….


Santiago Galbete Goyena

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