Réquiem por la hostelería

Javier  Castillo Esteban|

Publicado el 15/11/2020 a las 10:46

Todos tenemos, de una u otra forma, relación con ella. Ahora olvidada y denostada por difíciles decisiones, no lo dudo, más no por ello tienen menos impacto.

Nace un nuevo día, y por ello damos gracias, pero para los profesionales del sector se presenta incierto y gris, prácticamente idéntico al anterior. Y ya son demasiadas gotas de agua. Sillas metálicas apiladas- ya no se escucha su estridencia al ser ubicadas- y barriles de madera astillada, representan un paisaje apocalíptico al que, desgraciadamente, cada vez estamos más acostumbrados. La calle ya no es la misma y los rostros de los viandantes tampoco, pese a que la promesa de una vacuna se atisba en lontananza y la bolsa haya subido acuciosamente. No es justo que esta actividad, cuyo flujo afecta directa e indirectamente a muchos trabajadores, se repruebe abiertamente, llegando incluso a modificar deliberadamente la perspectiva de los que, tímidamente, se acercaban a un bar con un sentimiento de culpa indescriptible; éstos últimos seguro que ya no regresarán por un tiempo, pues su conducta parecía sospechosa.

De la misma forma, no considero razonable establecer una relación de causalidad entre el consumo que se realiza en un bar y el incremento de contagios, porque lo cierto es que el miedo atenaza, es una emoción, y como tal ha favorecido que las personas se refugien en sus casas y alternen menos, algo que notablemente ha contribuido a la estabilización de casos confirmados. Tristemente, este miedo, expresión mínima del terror, ha resultado ser la herramienta paradigmática de muchos cambios a lo largo de la historia, y se demuestra de nuevo. Hace ya meses, distintas, aunque coordinadas voces del Gobierno, nos quisieron embelesar gracias a un discurso que desembocaba en un lema en exceso adulón: “nadie se quedará atrás”, en lugar del “sálvese quien pueda”, frase ideada con el único pretexto de perpetuar la sempiterna lucha de partidos y desacreditar a la oposición. Sin embargo, las persianas de este pilar de la economía, como es la hostelería, comienzan a impregnarse de herrumbre.

Lo cierto es ahora toca guarecerse de un virus que de verdad causa estragos, eso es irrefutable. Pero también hay que seguir, y seguir supone no cavar hoyos, y no señalar inquisitivamente por la calle. Al escribir para el diario he pensado en un amigo, que seguramente no lo esté pasando bien. Su futuro, al igual que el de muchos, está en juego. Pero ya no es cuestión exclusiva de rezar por ellos, sino de buscar una solución urgente y real, que no consista en concretar medidas condenatorias, ni pretenda construir castillos en el aire, sino que pise tierra firme y luche, trabajando, contra el desastre, pues el trabajo, esta vez sí, nos hará libres a todos.

Javier Castillo Esteban

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