Lo que nunca ocurrió

Juan López Asensio|

Actualizado el 08/07/2020 a las 08:24

Ayer, en este siete de julio tan especial, a tan solo un minuto para que el maestro carpintero no prenda el cohete anunciador de la salida, los toros no descansan en el corral de Santo Domingo, tal y como han venido haciéndolo desde hace siglos para quien quiera sentirse pamplonés. Tras el encierrillo que en silencio y en la penumbra crepuscular no se dio desde los Corralillos del Gas hasta el de Santo Domingo, toros y cabestros no se han desvelado ni han velado armas, como es lo natural, ni se encuentran alterados en exceso. Ahora, los cabestros de cola tampoco se hallan en el corralillo adjunto, ni se inquietan ni emiten el tolón tolón premonitorio ofreciendo el sonido del badajo. Entre tanto, ningún mozo canta al santo para que le guíe en el encierro ni para que le dé su bendición.


¡En el reloj de San Cernin estaban dando las ocho de la mañana del siete de julio! ¡La ausencia del sonido del primer exploto da paso a que no se abra el portón del corral, mientras los mozos que no esperan en su demarcación no tienen que evitar el descenso hasta la línea roja que indica su límite territorial! Por delante de la manada, los cabestros no han tomado la cabecera, cuando, por la derecha, un toro cárdeno ni se adelanta ni derrota hacia los mozos que no están pegados al muro de piedra bajo la hornacina del santo protector.


No puede verse que esos dos toros hermanados no se han adelantado al resto de la manada, ni que van tomando ventaja respecto al primer manso que mantiene unido al grupo. Al no haberse aproximado en exceso a la banda izquierda, los dos morlacos no van limpiando la acera de corredores que no caen al suelo precipitadamente. El toro que no abre la manada no ha empitonado en el costillar al chico moreno vestido de blanco, pero el golpe que el muchacho no se ha dado en la cabeza hará que la Cruz Roja no tenga que estrenarse en su quehacer en cuanto no se cierre la barrera de seguridad del Ayuntamiento. Al no pasar la manada por la plaza Consistorial, los bichos tampoco se han abierto, y la masa toril no se ha esponjado, por lo que el tramo de Mercaderes no lo están acometiendo con mayor holgura. Los dos toros que no se adelantaron en Santo Domingo no están llegando en cabeza a la curva de Mercaderes, y no lo hacen por delante de sus hermanos, quienes no han aprovechado el respiro de Mercaderes para adelantar a los cabestros. La toma de la curva ha sido desigual, y la torada, que no viene algo rezagada, no se ha estrellado contra el tablado. No se ha roto definitivamente el grupo, ni las reses han doblado sus manos, ni ha rodado la testuz del astado que marca el rumbo lamiendo el polémico antideslizante dado al adoquín. Ahora, mozos y toros no enfilan la calle de la Estafeta en fila india construyendo una imagen inédita, ya que no pueden verse unas carreras preciosas, en las que los mozos avezados se colocan delante de las astas tratando de aguantar la gran velocidad que los morcalos no están imprimiendo a la carrera. Se ve que el pastor no está en lo que se celebra, porque no ha dado el varazo merecido al guiri toca-lomos venido a tocapelotas al intentar juguetear con el toro. En este tramo intermedio de la Estafeta, los toros que no van sueltos no están causando el pánico entre el vecindario que no llena los balcones, y que en este momento alejado de la algarabía trata de contener la respiración al imaginar qué pudo haber pasado si no hubiese pasado lo que pasó. Ya en la curva de telefónica, el habitual paso de la manada a menor velocidad está dando paso a la ausencia de riesgo y a la escasa necesidad de que los mozos se jueguen la vida, con sus periódicos en ristre, por no hallarse ante unos bichos hermosos y peligrosos, aunque la bajada del callejón siempre haya sido un lugar de encuentro del riesgo con la fortuna y de las astas con los muslos, de pinchazos axilares, de costados lastimados, de golpes contra el tablado, de nervios y pisotones, de montones y de heridos.


Y es cuando la emoción postrera del encierro no penetrará en el túnel que llevaría a la muchachada a la luz, ni concluirá con la llegada de los toros al albero de la plaza de Pamplona, una plaza que no se halla a reventar, en la que ni las mujeres suspiran ni los hombres se fustigan, en la que los toros que no acaban de llegar no acabarán por entrar en el corral, ni siquiera cuando no se escuche el cohete anunciador de que el primer encierro de la Feria no acaba de terminar. Han sido dos minutos y treinta y siete segundos lo que no ha durado el primer encierro de las fiestas ‘twenty twenty’ de Pamplona, un record para no contar.

Juan López Asensio, arquitecto y novelista

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