Cuidar un tesoro

Manuel Sarobe Oyarzun|

Publicado el 02/07/2020 a las 08:27

Hubo un tiempo en el que los Sanfermines no estaban reñidos con el glamour. Así lo acredita una foto de mi tía Chachi departiendo con Sean Connery y Audrey Hepburn en casa Castiella, en la calle Mercaderes. Hoy contabilizamos como visitantes de postín a los participantes en Gran Hermano. No es lo mismo. Hubo también unos años en los que los clubes pamploneses rivalizaban por contratar a las estrellas más rutilantes del firmamento artístico español para amenizar unas verbenas, ya extintas.


San Fermín ha cambiado mucho y no siempre a mejor. Padecemos un turismo de borrachera que hace de Iruña un vomitorio/urinario, aunque el alcohol no es la única droga que corre por la noche pamplonesa. Hay también quienes consideran que del 7 al 14 de julio la nuestra es una ciudad sin ley en la que todo está permitido, incluidas las agresiones sexuales. La violación múltiple protagonizada por la Manada destrozó -en exceso, a mi juicio- la imagen de los Sanfermines. Añadamos a lo anterior la politización con la que acostumbra a castigarnos la izquierda abertzale, reventando el Riau-Riau hasta hacerlo desaparecer del programa oficial, liándola parda en el Chupinazo a cuenta de la ikurriña u hostigando a la Corporación Municipal en la calle Curia el día 7. Este año nos tocan las narices con el infame homenaje de la Armonía Txantreana a un asesino. Estamos habituados a que las pancartas de las peñas- no siempre sobradas de talento- exhiban más ikurriñas que banderas de Navarra o a que los destinatarios de sus críticas sean siempre los mismos. Pero ensalzar a un sicario no cabe ser conceptuado como sátira política; es una ignominia. Armonía Txantreana se ha equivocado gravemente y la Federación de Peñas todavía más. Es la enésima muestra de lo mucho que el nacionalismo vasco emponzoña nuestra convivencia. Me repugna pensar, además, que este escarnio lo subvenciono yo con mis impuestos municipales.


El hecho, incómodo de reconocer, es que los Sanfermines languidecen.

Momenticos tan vibrantes como la jota de Mari Cruz Corral durante la Procesión parecen no bastar para sostener nueve días festivos. Cada vez hay menos apreturas para encontrar alojamiento o entradas para las corridas. El botellón vacía los bares. Hay autobuses que vienen incluso con la bebida. Si desaparecen los toros, San Fermín bajará definitivamente la persiana. Somos depositarios de un tesoro que no estamos cuidando. Y nadie de fuera lo hará por nosotros. Si encima las peñas -con la honrosa excepción de Oberena, Mutilzarra y Anaitasuna- optan por ser parte del problema en lugar de la solución, el panorama se torna desolador.


Urge reaccionar para recuperar la esencia de la fiesta. Presentemos a Pamplona como esa ciudad acogedora en la que nadie vestido de rojo y blanco, venga de donde venga, se siente extraño. Demos a conocer todas las maravillosas experiencias que esconde San Fermín de día, más allá del encierro. Pongamos en valor ese humor, esa buena gaita, esa alegría contagiosa que impregna estas fiestas sin igual, en las que cada día se escribe una página única e irrepetible. Vendamos magia. No busquemos con ello atraer a estrellas de Hollywood.

Conformémonos con retener a los muchos pamploneses que ponen tierra de por medio esa semana de julio. Con que ningún padre o madre tenga que permanecer insomne hasta comprobar que su hija regresa sana y salva a casa. Con que los aberchándales entiendan de una puñetera vez que tenemos derecho al menos a nueve días de paz al año. Con que todo aquel que nos visite nos reserve un hueco en su corazón. ¿Es mucho pedir?

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