Movilidad sostenible y post-pandemia en Pamplona
Publicado el 19/06/2020 a las 08:53
Lo que parece que está claro después de este paréntesis de miedo, confinamiento e improvisación máxima es que ya no nos vamos a sorprender con nada, venga de donde venga, pero menos si viene de la clase política. Esta crisis, si algo está dejando claro, es la incapacidad y la ineptitud de nuestros cargos electos para manejar una situación sobrevenida de carácter grave y la docilidad de la ciudadanía ante este tipo de situaciones.
Podríamos hablar de muchos otros aspectos que han afectado a nuestra vida y actividad durante este tremendo episodio: el abandono consentido de las personas mayores en las residencias, la decisión de cerrar los comercios dejando libertad de compra por internet, el exceso de protagonismo del ejército o de las fuerzas del orden público en la vigilancia de un confinamiento ejemplar o la desprotección de la cultura, el turismo y la hostelería, pero vamos a quedarnos en sólo uno: la movilidad.
El coronavirus ha dejado en evidencia que nuestro sistema de movilidad, el que la mayoría daba por razonablemente bueno antes de esta crisis, hace aguas ante un estado de alarma como en el que estamos inmersos, donde el distanciamiento social desaconseja el transporte colectivo y donde vuelve a cobrar protagonismo la movilidad individual. También ha evidenciado que la movilidad motorizada es la causa principal de la contaminación de nuestras ciudades que, en ausencia de un virus mortal, es también la causa principal de las muertes que se producen en entornos urbanos. Parece simple el análisis de esta situación e igualmente simple la consecuente conclusión de que habría que potenciar los medios de transporte individuales no contaminantes, pero parece igualmente que el negacionismo, el mismo que nos ha hecho mirar hacia otra parte sobre muchas de esas cuestiones realmente graves durante esta crisis, no tiene tan claro este postulado.
No al menos en ciudades como Pamplona, donde sus responsables políticos han pasado de una tímida declaración de intenciones tardía en la que el concejal de Proyectos Estratégicos, Movilidad y Sostenibilidad, Fermín Alonso, decía que “debemos afrontar el reto de que las personas que dejen de utilizar el transporte público no se pasen al vehículo privado y hagan uso de la movilidad peatonal o ciclista como alternativas seguras”, pasando por el anuncio de una serie de actuaciones inminentes en ejes vertebrales de la ciudad para habilitar corredores peatonales y ciclistas a, ni más ni menos, que dar marcha atrás a todo ese proceso en apenas dos días ensayos y amenazar con establecer un impuesto de circulación a las bicicletas. Tan increíble como cierto.
Lo peor del asunto es que nuestra capacidad de sorpresa, de estupefacción y de indignación han quedado neutralizadas por este periodo de terror que nos ha dejado inermes ante cualquier ocurrencia, recomendación, imposición o vejación de nuestros derechos más elementales y vivimos en una suerte de optimismo posibilista que sólo se preocupa de la integridad de nuestras personas allegadas y trata de ignorar, por puro instinto de supervivencia, cualquier otro mal o amenaza.
No sé a qué hay que tener más miedo dada esta situación, si a las terribles consecuencias socioeconómicas que va a dejar esta crisis o a la tremenda ineptitud arrogante e ignorante de algunos cargos electos que confunden la autoridad con la imposición y el liderazgo con la chulería y son incapaces de buscar consensos para construir una nueva normalidad más sostenible y más solidaria y se aferran a sus viejos y obsoletos postulados y posiciones maniqueas y ventajistas.
