Juguetes rotos
Actualizado el 05/06/2020 a las 08:56
Vivimos en un mundo de novedades con nuevos escenarios y nuevos paradigmas, nuevo santoral y nueva religión. Si hay un día de reyes para cristianos, por qué no hemos de tenerlo nosotras. Faltaría más. ¿Cuál es nuestro día de juguetes? El 8 de marzo. Efectivamente la celebración del 8 de marzo como día internacional de la mujer trabajadora compendia casi todo lo atribuible, deseable, ostensible y vindicable para un feminismo radical, expansivo y en pleno auge. Un rito y una acción que no pueden faltar, lo mismo que unos zapatos petitorios en el balcón durante la noche de Reyes. Todo lo demás debe estarle supeditado. Y así fue. Fue trágica su coincidencia con una pandemia que asomaba su rostro cada vez más amenazante y convenía mitigar, disimular, difuminar, oscurecer. Por ello el dichoso virus era considerado como una gripe o gripecilla; adónde vas con máscara y otras ligerezas del mismo tenor se esparcían entre un público cuando menos perplejo, porque las alertas provenientes, sobre todo, de la vecina –este-oeste- Italia ya revoloteaban como pesados moscardones presagiando lo peor. Efectivamente nada debía perturbar la celebración prevista para el domingo 8 de marzo y todo lo demás, como celebraciones deportivas, mítines etc., debía estarle supeditado. Había que llegar a él con total o aparente normalidad. Normalidad que muta el lunes 9 de marzo entrando en una vorágine de miedo, psicosis y prisas por realizar lo aplazado. Y nos encontramos al final de la semana con un estado de alarma. Cuáles han sido las consecuencias es difícil, si no imposible, evaluar. Pero en su fuero interno cada uno tiene su valoración establecida y dudo que coincida, siquiera mínimamente, con la oficial. Datos. De la pancarta con las ministras en primera fila, hubo varias infectadas que apunta una prospectiva cuando menos preocupante. La propia ministra de igualdad da a entender –off de record- que no debía (podía) quedarse sin su juguete. Estamos en el final, o saliendo, de la pandemia y miles de cadáveres -parece que más de 40.000- nos contemplan. Siempre he considerado, y sin pretender ofender a nadie, que los “vivas” o “goras”, tanto monta, son manifestaciones trasnochadas, y no digamos si se ven acompañadas de manos o puños en alto, sugiriendo más amenazas que adhesiones que deberían ser sustituidas por otras, sin aventurar por cuál o cuáles, que permitan expresarnos en una mejor y menos vociferante sintonía con el mundo actual. Por ello considero anacrónico y fuera de lugar el grito de “viva el 8 de marzo” de Sánchez en las Cortes. Tan sobrado y moderno él. En fin él sabrá.
