En días de coronavirus
Publicado el 24/05/2020 a las 08:25
Con muchos años en mi haber (80), he aprendido a no ser tremendista en ningún aspecto de mi vida, y entender y decir de verdad por lo menos desde hace más de dos décadas: “Después de la tormenta llega la calma”.
Ahora bien, en esta ocasión, puede que esa calma no llegue tan fácilmente. Lo que llegará sin duda alguna son los verdaderos problemas si ante tanta limitación durante este confinamiento sólo hemos intentado pasar el tiempo lo mejor posible sin más. Entretenernos con los, mayoritariamente, insulsos o vacíos programas de televisión; viendo los memes o los bulos en Internet sobre la cuestión que nos tiene aislados; paseando al perro, ¡pobres mascotas! Lo digo porque he visto desde mi ventana a algunos, supongo que cansados, no querer seguir caminando. Cansados porque, quizá, son sacados varias veces al día por los diferentes componentes de una misma familia. O de lo contrario, al menos en mi barrio, ha existido un milagro: la multiplicación de los perros. Creo que en España más que en otras naciones somos muy dados a la picaresca. Aunque preferiría que todo esto fueran sólo fantasías mías. Donde hay niños, naturalmente, hay que ingeniárselas como mejor se pueda para que estén entretenidos y no echen en falta demasiado a sus papás si estos están trabajando, y por eso ellos se encuentran con sus abuelos. Abuelos abnegados y generosos que, olvidándose de sí mismos, son capaces de hacer felices a sus queridos nietos. Por cierto, tanto esos padres que quizá sacrifican estar con sus hijos por trabajos con riesgo de contagio, como esos geniales abuelos a las que nadie nombra, también son verdaderos héroes.
Naturalmente, tampoco soy insensible ante el descalabro laboral y económico que se nos viene encima y, sobre todo, ante todos los que están sufriendo en primera persona el contagio del Covid-19. Pero son temas que ya abordan con total competencia los especialistas correspondientes. Desde estas líneas, mi solidaridad y afecto a todos los enfermos. Pido mucho a Dios por ellos para que se recuperen pronto.
Volviendo al resto de personas en confinamiento, ¿no sería extraordinario que ocupáramos parte de tantas horas libres para reflexionar sobre asuntos también muy trascendentes? Por ejemplo, sobre tantos defectos que se nos han podido ir acumulando a lo largo de los años. “Nos creemos a veces el ombligo del mundo”, “el centro del universo”, mientras sólo somos esclavos de nuestras miserias: envidias, odios y rencores.
Sufrimos en ocasiones complejo de superioridad (sí, también ese sentimiento es un complejo); somos vanidosos; nos creemos por encima del bien y del mal; vivimos por encima de nuestras posibilidades; y un largo etcétera. Ojalá que, con tanto tiempo que tenemos por delante, consigamos entender en profundidad que sólo estamos aquí de paso; que debemos aprovechar este lapso para cambiar nuestros pensamientos, nuestros deseos y nuestros actos, para que Dios, que debería ser lo más importante en nuestra vida, al final de la misma no nos encuentre con las manos vacías.