Rescatemos la economía local
Publicado el 16/05/2020 a las 01:13
El coronavirus ha traído consigo el cierre de comercios y negocios de todos los tamaños: desde multinacionales y grandes empresas, hasta pymes y microempresas. Algunos de ellos, pertenecientes, sobre todo, al sector de la restauración, se mantuvieron durante las primeras semanas del estado de alarma ofreciendo repartos a domicilio. Las opiniones fueron de lo más variopintas: muchos defendían su derecho a seguir recibiendo su comida favorita, incluso pensaban que así ayudaban a grandísimas empresas que, en el fondo, no necesitaban de esos encargos para subsistir; otros, sin embargo, decidieron reducir al máximo esta práctica para evitar poner en riesgo a cocineros y repartidores que tenían que trabajar para cumplir nuestros caprichos. En pleno crecimiento exponencial de contagios y muertes, los caprichos no tenían lugar. Podían esperar. Pero ahora quienes no pueden esperar son esas familias que regentan un restaurante de barrio, que llevan sin ganar dinero dos meses, que no han percibido ningún tipo de ayuda y que han sido despojados de, probablemente, el único ingreso que entraba en sus hogares. Aunque la desescalada ya les esté permitiendo reabrir sus negocios (en la mayoría de los casos, solo para repartos), su situación es crítica: no estamos hablando de multinacionales o grandes cadenas de la restauración, que, aun contando con margen económico suficiente para hacer frente a esta situación sin perjudicar en exceso a sus trabajadores, se han acogido a ERTES y otras prácticas fuera de toda moralidad. Hablamos de pymes y microempresas, savia de nuestro ecosistema económico, pero grandes abandonados y primeros olvidados cuando el sol no brilla en el horizonte. Ahora que muchos restaurantes, bares, tabernas, hamburgueserías, pizzerías; en definitiva, negocios de nuestros barrios han comenzado a abrir con la esperanza de recuperarse de una fatídica situación que para muchos ya se ha vuelto irreversible, pongamos de nuestra parte. Si tenemos que elegir entre pedir una hamburguesa de esa famosísima cadena de comida rápida o del negocio de nuestro vecindario, optemos siempre por lo segundo. Podemos ayudar. Por fin, tras dos meses de absoluta impotencia, podemos contribuir a reactivar la economía local para salvar a vecinos, más o menos lejanos, más o menos conocidos, de la total ruina económica. Es de las primeras cosas que, al fin y después de mucho tiempo, quedan bajo nuestro control y alcance. Depende de nosotros.