El 'Tú sabrás por qué' del confinamiento

Carmen Olorón Goñi|

Publicado el 04/05/2020 a las 08:16

Hace muchos años que perdí la pista de mi amiga Lupe, pero estos días de confinamiento la tengo muy presente por una historia que me contó. Su madre, digamos que débil mental, tuvo tres hijos pero era incapaz de cuidar de ellos. Gracias a Dios tenía una generosa hermana soltera de veinte años que, viendo la situación, se hizo cargo de la casa y de los niños y éstos pudieron salir adelante. Aquella tía a sus veinte floridos años tenía un pretendiente al que ella, ante el panorama familiar, rechazaba. Mucho debía gustarle ella al mozo en cuestión, porque éste le dijo aquello de “¡Te esperaré!” . Y, efectivamente, la esperó veinte años. Cuando la tía ya tenía los cuarenta y los sobrinos habían crecido, la pareja eterna volvió a encontrarse y como la situación ya era diferente, decidieron casarse. Conocieron el amor y fueron felices, aunque no comieron perdices porque al año el marido de la tía falleció. Y me contaba Lupe que cuando salía el ataúd de casa, su tía, en una máxima expresión de sumisión y aceptación de la volundad de Dios, oraba diciendo: “¡Tú sabrás por qué !”

¿Y qué tiene que ver esta triste historia con lo que estamos viviendo? Pues según la lectura que hagamos de ella, puede que no tenga nada que ver o puede que lo tenga todo. Me explico. Estos días de confinamiento han servido para ponernos desnudos ante nosotros mismos y nuestras miserias, interviniendo en ello todas las facetas de nuestro saber y entender; lo racional, lo psicológico, lo emocional y, por supuesto, lo espiritual. Cuarenta días de retiro y soledad, como Cristo en el desierto, dan para mucho. La mente o lo racional, intentando como siempre llevar la voz cantante, cuestionándome a cada momento el por qué de tan anómala situación. ¿Qué estamos haciendo mal a nivel planetario?, me preguntaba. ¿No crees que tiene algo de apocalíptico la invasión de animales salvajes en distintas ciudades del planeta? ¿Qué le podía decir? Pues que sí. Y sin saber muy bien por qué, sumé a su argumento la frase que oí recientemente al Papa Francisco de que Dios perdona siempre, el hombre algunas veces y la naturaleza nunca. También me cuestionaba incisivamente, que si ante la escasez de respiradores, todas las vidas valen lo mismo aunque todas las muertes sean iguales. Como no sabía qué responder, hacía como que no le había escuchado.

Y uno de los temas más complicados que me cuestionaba era “¿por qué si estamos hechos para el amor, manifestado en besos y abrazos, se nos priva ahora de ellos?” ¿No es un contrasentido?, me preguntaba. Y yo, también ahora, miraba para otro lado. ¿Y qué decir del desolador panorama que se presenta para tantas personas?, me insistía, como si yo fuese la culpable. El Coronahambre le llaman ya en Latinoamérica. Temerosa, me atreví a responder: hasta hace poco pensaba que una de las mayores desgracias era el hambre de los niños. Hoy creo que hay otra tragedia mayor: el de las madres que no pueden darles de comer. Por su parte, lo psicológico y lo emocional acabaron siendo amigos y solía perderme con ellos analizando hasta el infinito el por qué de tantas situaciones injustas; buscando desesperadamente el sentido de una situación nunca antes conocida, el por qué y el para qué de tanto dolor y de tanta soledad inmerecida en los momentos finales de aquellos ancianos, forzosamente abandonados a su suerte, que hacían real la trágica frase de Bécquer : “¡Dios mío; qué solos se quedan los muertos!”. Y mientras tanto, abrumada con la carga de mis potencialidades, intentaba evadirme de ellas pensando en esa primavera que a pesar de los pesares, no se detiene. ¡Y me quedaré sin ver las lilas que florecen cada dos años en el pueblo. Y este año, toca.

No se me olvida, no, la carga espiritual del asunto, que quizás me ha dado más guerra que la suma de las otras. Porque curiosamente, solemos acordarnos de santa bárbara cuando truena y nos ponemos a rezar cuando el miedo o la angustia nos invaden. Yo cumplía el expediente meditando. La pandemia y el confinamiento me han servido, primero para desterrar la dictadura de la mente y segundo para llegar al lugar donde el silencio se hace cuna del vacío, espacio indispensable para la presencia soberana. Y aquí mi recuerdo de hace muchos años, muchísimos, para aquel dominico llamado José Fernández Moratiel cuando me dijo: “escucha al que te habita”. Y ahí estamos, en el intento.

¿Que qué tiene que ver todo esto con la historia de Lupe? Pues sí, porque ante esta situación, que ya no sabes si rezar por los vivos o por los muertos, acordándome de ella y de su historia familiar, ahora en vez de un sólo mantra en mi meditación “¡Maranatha!”, ahora digo, tengo dos: “¡Maranatha!” y “¡Tú sabrás por qué!”.

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