La insoportable levedad del adverbio
Actualizado el 04/05/2020 a las 08:12
Cuando leo esta mañana que la cifra de muertes por coronavirus en España ha caído a solo 164 en las últimas 24 horas un escalofrío gramatical y humano me recorre el cuerpo. “Solo”. Dice la RAE, por recurrir a la autoridad más competente en estas lides, que “solo” equivale a “únicamente, solamente” y me da miedo pensar en qué momento la muerte se volvió cuantificable y jerarquizable, en qué instante nos hemos otorgado el derecho de medir cada peso de la vida humana en la balanza de la importancia y, en definitiva, cuándo pasó nuestro cerebro y/o corazón confinados a procesar sin arañarse cada latido que se pierde sin un ápice de consideración. No se puede llorar cada hoja del otoño, por supuesto, pero tal vez, deberíamos reconsiderar el uso despreocupado que hacemos del lenguaje, atendiendo a la sensibilidad de aquellos para quienes una cifra de esa centena pueda significar un mundo. Si es verdad (y el tiempo nos lo dirá) que la cuarentena nos ha vuelto más humanos, nos ha hecho reconectar con lo verdaderamente importante (véase el tiempo, la familia o los amigos) y nos ha ayudado a tejer una bonita red de solidaridad y de empatía entre los miembros de la comunidad, los medios deben acoger la responsabilidad de reflejar, apoyar y acrecentar dicho cambio. Vigilar el lenguaje en un momento como este, exige de una mirada cuidadosa y comprensiva, que no vea mermada la calidad por la cantidad en cada texto escrito. Y si en algún momento sentimos que el torbellino de informaciones y palabrería que nos toca dar o recibir pasan sin filtro, sin azuzarnos por dentro, acaso sea un indicador de que la saturación nos está “maquinizando” y que ha llegado el momento de parar y realizar un simple análisis sintáctico y vital. Pensar que ese “solo”, ese adverbio que parece insignificante, acompaña en su titular a los familiares de esas 164 personas cuyas familias inician un proceso de despedida, de tristeza, de resignación, de reconstrucción, en medio de un caos que ha alterado nuestras rutinas y en el que de momento, no nos están permitidos ni los abrazos. Quizás nos baste, efectivamente, solo con pensarlo.