¿Por quién doblan las campanas?
Publicado el 13/04/2020 a las 08:35
En muchos de los pueblos que configuran esta tierra nuestra que habitamos los navarros, todavía se mantiene vigente la costumbre ancestral de hacer sonar las campanas para anunciar al vecindario que alguien ha muerto en el pueblo. Son diversas las maneras de tocar las campanas según sea la edad o el sexo del difunto. Hay lugares donde aún se conserva en la torre un campanillo que se hacía sonar cuando era un niño el difunto. Era el toque “a mortichuelo”, como se decía popularmente. Hoy ha quedado en desuso. Tuvo gran relevancia en tiempos de la post-guerra, cuando el índice de la mortalidad infantil era muy elevado. En algunos pueblos se mantienen los repiques diferentes para anunciar al vecindario que el difunto es un varón, o una mujer.
Durante estos últimos días estoy cambiando algunos hábitos en mi rutina cotidiana. Por ejemplo, comienzo a leer el periódico por las páginas de las esquelas. Curiosamente, mientras comprobaba esta mañana si en ellas aparecía el nombre de algún conocido, ha sonado el teléfono. La llamada venía desde el tanatorio para informarme de la última defunción en el pueblo. De inmediato, me dirijo a la parroquia para tocar “a muerto”. Mientras camino hacia la iglesia viene a mi mente el recuerdo de la célebre novela de Ernest Hemingway, ambientada en la guerra civil española: “Por quién doblan las campanas”. Esa es la pregunta que se hacen los vecinos del pueblo en cuanto oyen sonar las campanas de la torre con un deje a quejido mortuorio. Mientras perdure el ‘estado de alarma nacional’ es el único repique que resuena, al estar suspendidas las celebraciones públicas: misas, bodas, bautizos, funerales… Son nueve días seguidos los que llevamos en el pueblo escuchado el ronco lamento de las campanas anunciando que la muerte nos ha arrebatado a otro vecino, a otro hermano. A cuatro de ellos se los ha llevado el maldito virus. En medio de esta pandemia que a todos nos ha puesto en cuarentena y nos hace vivir el día a día con incertidumbre y desasosiego, al escuchar el repique mortuorio pensamos al instante: “A otro que se lleva el ‘coronavirus’… ¿A quién le habrá tocado ahora esta lotería macabra?”. De igual manera que cuando el mar se lleva un terrón del litoral la tierra entera disminuye y sufre, así también acontece en la sociedad. Todos formamos parte de la gran familia humana. Pertenecemos a un mismo “colectivo”. Cuando alguien fallece se desmorona una parte del “ser único” que conforma la humanidad. El ‘covid-19’ no hace acepción de personas. Lo mismo se lleva a un anciano que a un joven, a un trabajador de la salud que a un militar, a un ciudadano de a pie que a un ministro de Estado, a un votante de derechas que a uno de izquierdas, a un creyente que a un agnóstico. (Mors omnia equit, la muerte a todos nos iguala, reza la liturgia cristiana). En cada víctima que se cobra la pandemia se muere algo de nosotros mismos. Cuando doblan las campanas lo hacen, de alguna manera, por cada uno de nosotros. Así lo expresa Robert Jordan, protagonista de la película basada en la novela de Hemingway: “La muerte de cualquier hombre o mujer me disminuye, porque estoy ligado a la humanidad. Por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas: doblan, también, por ti”.
Domingo Urtasun, párroco de Mendavia