El peso de la propia cruz
Publicado el 06/04/2020 a las 07:46
En medio de la situación excepcional, que impera en nuestras ciudades, en medio de este largo confinamiento que nos pesa, la festividad del Domingo de Ramos en cierto modo nos fuerza a volver la vista atrás y considerar aquel momento gozoso de la gente, que portando ramas de olivo, acompañaban y aclamaban el paso del Señor que, montado en un pollino iniciaba su entrada jubilosa en Jerusalén. Pero también en esta fiesta, que es pórtico de la celebración Cuaresmal, vamos como peregrinos hacia Él, que sale a nuestro encuentro para incorporarnos a su “subida”, hacia la Cruz.
Este creo es el núcleo encerrado ayer en el Domingo de Ramos: esa presencia del gozo y la cruz inseparables y unidas. Actualmente nuestra sociedad está sintiendo el peso de las propias cruces, cruces en algunos casos vividas en auténtica soledad; pero como sociedad ha sabido encontrar el sentido encerrado en las mismas, acogiéndolas y aflorando lo mejor de nosotros mismos, bien sea, saliendo a través de esas llamadas de móvil al encuentro con los demás, bien aplaudiendo y alentando el enorme esfuerzo de todo el personal sanitario, verdaderos héroes de bata, o bien dejándonos contagiar por esas miradas tristes y apagadas de unos ojos, que supieron asomarse a los nuestros para sostenerse cuando inesperadamente la muerte les arrancaba de cuajo sus amores del alma. Estas han sido algunas de las cruces a las que con amor nos hemos abrazado, pero nuestro corazón que ha sido creado para amar y ser amados: sigue confiando sigue esperando y quiere hacer suya la expresión del salmo 36,8: “Qué inapreciable es tu misericordia, oh Dios. Los hombres nos acogemos a la sombra de tus alas”.
