En estado de vigilancia
Publicado el 01/04/2020 a las 08:04
Mientras los peces vuelven al agua más limpia que haya visto Venecia en siglos, los humanos siguen en cuarentena. Hay quien dice que esto no es para tanto y quien, llevándolo a un extremo, admite que nunca había tenido el calendario tan completo de actividades -qué haríamos sin los optimistas-. Utilizan la creatividad social para hacer de la necesidad virtud. Otros descubren nuevos rasgos de personalidad en sus acompañantes de confinamiento, al poder relacionarse durante más tiempo en las distancias cortas. La persona que vive sola se conoce más a si misma, y la soledad de los invisibles se vuelve más miserable todavía. Los psicólogos acuden a las tertulias; son recurso de primera necesidad, aunque a merced de los mismos peligros que el resto. Los enamorados se descubren más enamorados, y los incompatibles se encuentran insoportables. El mercado cruje, la prima de riesgo nos recuerda que solo fue un hasta luego, y vemos el tipo de empresas que son resistentes a un mercado sísmico. (...) Una visión de la pandemia en clave capitalista, con el objetivo de consolidar un mercado internacional y crear perfiles de usuarios a partir de datos personales que proporcionamos sin cargo de conciencia.
Algunos jóvenes del vecindario han colocado un cartel en el que se ofrecen a hacer la compra a nuestros mayores. Es difícil no ver el compromiso de los más jóvenes con la sociedad, a pesar de cierto mantra adulto -y absurdo- que siempre carga contra lo que viene por detrás. Comprometidos, también, con el cumplimiento de las normas. Los hay que demasiado. Por ejemplo, ese que grita a pulmón desde el balcón “no saquéis a pasear veinte veces al perro, ¡ostia!”. Y lo repite varias veces. Creo que se queda en el balcón vigilando si alguien se salta las normas de disciplina social. Como se ha podido comprobar, hay quien todavía va más allá y acaba increpando, insultando y menospreciando desde a personas autistas hasta a los propios sanitarios cuando vuelven del trabajo; a los que más tarde, a las ocho, aplaudirán orgullosamente. Parece mentira que quienes padecen de autismo tengan que desplegar una bandera azul para no ser acosados, ¿hasta dónde podemos llegar como sociedad? Y me imagino una aplicación con un botón rojo para denunciar al vecino que se salta las normas. Si además estuviera unido a un sistema de recompensa por los casos denunciados, el control coercitivo de la sociedad a si misma sería un hito que para si quisieran los arquitectos del panóptico que describía Michel Foucault en ‘Vigilar y Castigar’. La pandemia está siendo una herramienta única para el análisis sociológico, por el miedo y la restricción a la que estamos sometidos, que nos permite descubrir comportamientos que de otra manera permanecerían ocultos. Esto tiene elementos positivos, pero también asusta; la otredad con sus luces y sombras.
