Valores frente a la crisis
Publicado el 30/03/2020 a las 07:14
El pasado 13 de marzo el Gobierno de España declaró el estado de alarma para frenar la epidemia de COVID-19. En consecuencia, estamos experimentando una serie de restricciones que ponen a prueba los pilares de la sociedad. El primero de ellos es nuestro sistema sanitario, en el que se incluyen todos los profesionales que forman parte de él. Me siento afortunado por conocer a alguno de estos héroes, tanto farmacéuticos (Miguel, Marta, Idoia, Julia...) como médicos (Javier, María José, Íñigo, Montse...). Desde nuestros domicilios es difícil adivinar la tensión a la que están sometidos, por no hablar de sus carencias materiales. Además, y sin pretenderlo, se han convertido en un poderoso referente.
Existe otro punto de vista que, muchas veces, pasa desapercibido. A través de las páginas de Diario de Navarra podemos conocer las mil y una triquiñuelas que algunos utilizan para eludir el confinamiento. En la Comunidad Foral son más de 600 las denuncias realizadas por este motivo. Las causas son muy dispares: reuniones en domicilios, paseo prolongado de mascotas o congregaciones de gente en la calle, entre otras infracciones. Sin embargo, nada tan noticiable como los desplazamientos masivos hacia las costas cantábrica y valenciana. ¿Qué está pasando? Se adivina una falta de empatía colectiva que va mucho más allá de las convicciones personales, incluso del nivel socioeconómico. Me refiero al segundo pilar, a la educación, o al menos a la educación en valores humanísticos. Éstos residen en el arte, la filosofía, la historia y cualquier otra disciplina relacionada. ¿Y eso qué tiene que ver con la crisis actual? Dependemos en exceso de las destrezas, de los saberes técnicos que nos dicen cómo actuar, pero no cuándo ni porqué. Es por ello que nos cuesta distinguir entre una noticia falsa y otra verdadera, que confundimos el espíritu crítico con las teorías de la conspiración, y que elegimos el bienestar personal antes que el colectivo, aun cuando también dependemos de él. Pero cuidado, si la desconfianza no es sinónimo de independencia tampoco el seguidismo evidencia responsabilidad. Existe un punto intermedio que se encuentra en las materias antes enumeradas y que, por desgracia, no se exigen en casi ningún empleo. Ahora que nuestra conducta marca la diferencia, la profundidad de nuestros valores es esencial.
La batalla que los profesionales de la salud están librando en los hospitales, con su correspondiente coste de vidas, está irremediablemente unida a nuestras decisiones diarias. Éstas son guiadas por convicciones, profundas y arraigadas, que ningún Real Decreto podrá suplir jamás. Sin ellas, todo se vendría abajo. Acabaré esta reflexión del mismo modo que empecé, elogiando a nuestros sanitarios. Winston Churchill dijo una vez: “Nunca tantos debieron tanto a tan pocos”.