Una triste sensación
Publicado el 09/01/2020 a las 07:35
No somos duchos en ciencias políticas para sentir hace tiempo que en la sociedad actual algo no funciona bien. La evolución de nuestras propias vidas y de los estados que nos rodean, sean materiales o no, se deforman y transforman en contra de la carga de sentido común que es necesaria para encontrar el equilibrio social. Es como si el resultado de esfuerzo, trabajo, dignidad y compresión se viera dilapidado por el de inconformismo, crispación, egoísmo. En defensa de aquello que debería ser y no es por una vez debemos unirnos en el convencimiento de que es lo que verdaderamente anhelamos y si en nuestro interior, lejos de egos y conductas alteradas, estamos obrando bien. Quizás es muy difícil entender el cómo es posible que una minoría de pensamiento abstracto o focalizado en la obstrucción del crecimiento como sociedad plural y moderna pueda estar dirigiendo un país. Cuando la sensación de colaboración ante algo solidario, próspero, social, integrado nos hace cómplices es cuando puede empezar el cambio. La obstinación interior marca el grado de pausa en el recorrido personal como integrante de un país que ahora más que nunca necesita de todos los que buscando paz están en paz. El encuentro de esta paz empieza por la que se halla en uno mismo, la que nos permita en un momento dado apoyar la mayor. Es bueno que los grupos sociales encuentren vías de vigilancia para marcar un proyecto de crecimiento sano y plural. La sensación demasiado evidente de que ciertos sectores políticos han personalizado sus objetivos tras el respaldo de la ciudadanía es algo difícil de asumir y digerir. El sentido común irremediablemente nos lleva a pensar que con esta visión general de los acontecimientos, ¿qué nos espera? La respuesta está solo en la capacidad de cambio: un cambio como formadores de una cadena que nunca debe romperse, solo en el pensamiento de que unidos podremos sujetar lo que cuelga del extremo, sea lo que sea. Dentro ya de un nuevo año podemos mirar dentro de nosotros mismos e intentar ver cómo volver a ser parte de esa cadena pensando no en nuestro ego o beneficio, si no en el bienestar del conjunto. Los países, los grupos, los equipos dependen de quienes los forman, solo bajo la compresión de que la sociedad necesita estabilidad a todos los niveles podremos afrontar el futuro con ilusión. La confrontación entre clases es el alimento y caldo de cultivo de aquellos que lejos de sanar, enferman cada día más causando crispación e involución. El objetivo final prioritario de mantener y mejorar lo que otros con su esfuerzo y sacrifico consiguieron para todos nosotros debe de ser prioritario. Solo en el convencimiento de que lo mejor está por venir debemos basar nuestro día a día ofreciendo lo mejor de nosotros mismos. Es la receta de la comprensión para intentar mitigar el mar de incertidumbre que nos baña debido a las acciones personales de un grupo que lejos de adaptarse se encalla y enroca en la defensa de algo suyo, algo inalcanzable. La estrategia de dejar algún poso para que algún día se forme una montaña desde luego parece que hoy funciona, pero todavía no se ha levantado viento. Un viento fuerte, seco, que limpie todo en la búsqueda de un nuevo impulso.
Ángel Moracho Jiménez