La abuela cosmopolita

María Odériz Sánchez|

Publicado el 08/01/2020 a las 08:15

¿Cuándo me di cuenta que una navarra octogenaria PTV (Pamplona de toda la vida) estaba sujeta al fenómeno de lo global? Cuando descubrí a mi abuela haciendo sitio en su casa no solo al Olentzero y a los Reyes sino también a Papa Noel y San Nikolaus. Y a sus amigas comentando que el cordero al chilindrón ahora lo cocinan con pimientos del piquillo peruanos. Mi abuela y sus amigas me han recordado cómo un tema como el cosmopolitismo, que lleva conviviendo con nosotros desde la antigüedad, cuando Diógenes lo concibió por primera vez, no está restringido a las instituciones internacionales o a las universidades. Es parte de todos los ciudadanos que ven como la creciente interconexión del mundo en lo social, político y económico tiene consecuencias reales para ellos. Pero, ¿que tiene el cosmopolitismo, o mejor dicho, el debate sobre su valor, que ver con que algunos de los espárragos “navarros” ya no lo sean? El cosmopolitismo se puede resumir en una idea muy presente actualmente: somos ciudadanos del mundo. Al compartir una ciudadanía mundial nos igualamos al resto de los seres humanos y nos interesamos por sus asuntos o, en otras palabras, tenemos un respeto hacia lo universal. Sin embargo, ¿hasta qué punto debemos o podemos interesarnos por lo global? La duda que hay detrás de estas conversaciones es siempre la misma: ¿en qué medida debo abrirme al mundo? ¿No perderé mi identidad local? ¿Perderé mis espárragos y mis pimientos frente a productos extranjeros? Y es que al final, el debate bien de manera más académica o simplemente de crítica de sobremesa se basa siempre en lo siguiente: al considerarnos ciudadanos del mundo, o cosmopolitas, ¿no estamos perdiendo nuestra especificidad y aceptando la homogeneidad a nivel global que tantas veces se acusa de ocasionar a las fuerzas globalizadoras? La respuesta a esta pregunta puede o bien ser fundamentalista con lo universal, aceptando los derechos humanos como único valor moral válido y dejando actuar libremente a la globalización tanto en lo comercial como en lo social, o bien un rechazo completo a todo lo extranjero resultando en comunidades encerradas en sí mismas. Esta segunda situación desemboca en una incapacidad de actuación a la hora de abordar problemas que nuestro mundo sufre actualmente y que requieren una cooperación global, siendo el más manido el cambio climático pero realmente pudiendo ser cualquier situación económica o social como migraciones, conflictos bélicos o comerciales.

Ante este dilema, Kwame Anthony Appiah, filósofo profesor en la Universidad de Princeton, propone el cosmopolitismo no como una ideología sino como una ética. Para él, el cosmopolitismo no es simplemente la “no ciudadanía”, la falta de raíces o de vínculo, no es querer un gobierno mundial para todos sino una responsabilidad hacia los demás. “La frontera de tu estado no es la frontera de tu preocupación moral”1, no te da igual que la gente se muera de hambre en Yemen simplemente porque no estén dentro de tu estado. El cosmopolitismo, no obstante, conlleva también un reconocimiento de las diferencias que se encuentran en el mundo. Por ello Appiah propone el término cosmopolitismo arraigado en el cual la preocupación por lo universal y el respeto al otro se junta con tu trasfondo y contexto social del lugar que consideras tu hogar. Appiah llega a nombrar su concepto como cosmopolita patriota aquel que celebra el estado o estados de los cuales se siente miembro sin olvidarse del mundo, diferenciando nacionalismo -ideología con proyecto político- de patriotismo -sentimiento-. El mundo ha cambiado y nosotros también. Pero el cambio no debe forzarnos a perder nuestra identidad local. Espero que podamos mantenerla sin olvidar que en pleno 2020 nuestro mundo es, al fin y al cabo, global.

María Odériz Sánchez, estudiante de Global Studies, Universidad Pompeu Fabra, y co-presidenta de Barcelona Debating Society

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