El Papa Bergoglio
Publicado el 06/01/2020 a las 08:29
Declaro que me cae muy bien la humanidad y la cercanía de ese hombre que ha declarado una guerra sin contemplaciones a los curas pederastas, dando fin a la impunidad que siempre les ha protegido. Es el cura que seguramente no sabe mucho inglés, ni tan siquiera latín, ni falta que le hace. No sabrá tanta teología como su antecesor Benedicto XIV, pero es aquél con el que uno, creyente y seguidor de su propio decálogo, no tendría inconveniente en contarle sus secretos, seguro que los comprendería, incluso los pecados que ha cometido. Se trata de un jesuita, jefe del Estado Vaticano y representante de Dios en la tierra - eso depende de las creencias de cada uno-, pero, sin que se pueda ponerlo en duda, un argentino hasta la cachas desde el momento en que abre la boca, el que confesó en cierta ocasión haber estado “boliado“ en su juventud por una “piba” que por lo visto le tuvo a mal traer cuando aún no había elegido el camino del sacerdocio. Para quien no esté muy versado en argentinismos será necesario aclarar que la expresión alude a “las tres marías”, que son otras tantas bolas de piedra sujetas al extremo de unas cuerdas que se blanden al aire para golpear a un enemigo. Una peligrosa arma que empleaban los gauchos, copiada de los indios pampas.
A Bergoglio le hemos podido ver en la televisión detalles humanos como a ningún otro Papa. Recordarán ustedes cómo una criatura que había cogido en brazos le sacudió el solideo con su manita inocente haciéndolo caer al suelo para provocar la sonrisa de un abuelo complacido con las picias de un nieto travieso. Pero hace unos días hemos contemplado también una escena más dura, cuando una mujer excesivamente entusiasta, situada en la primera fila tras la valla de contención del público en la Plaza de San Pedro, le sujetaba impertinentemente hasta que el Papa, descontrolado por un momento, tuvo que soltarse a manotazos para poder continuar su camino. Un gesto que después ha lamentado públicamente en su alocución desde la misma Plaza, y es que Bergoglio resulta un gran Papa y sobre todo un tipo macanudo, ché, como dicen sus paisanos. Ese incidente nunca pudo ocurrirle por ejemplo a Pío XII, tan serio él, porque nunca se movió a pie por la Plaza de San Pedro saludando a la gente como si fuera un moderno y democrático jefe de Estado, sino encaramado en la Silla Gestatoria tal que un faraón sagrado que reparte sus bendiciones para una multitud sumisa, rodeado de unos enormes abanicos de plumas de avestruz agitados por nobles pontificios -los lectores de una edad podrán recordarlo-, igual que en una superproducción de Cecil B. de Mille para su consumo en las pantallas de medio mundo.