Una conversación sin terminar sobre San Miguel de Aralar
Actualizado el 07/01/2020 a las 07:34
Estimado Señor: Me encanta San Miguel de Aralar así que el pasado 5 de enero mi familia decidió ir allí (6 adultos y 6 menores de edad de 5 a 16 años). Después de comer subimos Santuario a eso de las 3.30 p.m. Parecía que estábamos solos así que, como manda la tradición, rezamos la oración a San Miguel y un Credo delante de él, en voz alta y leyendo los textos para que los niños los siguieran. Aprovechando, ya digo, nuestra aparente soledad, rezamos en alto delante del Sagrario tres Avemarías, tres Padrenuestros y tres glorias: costumbre familiar. Y aquí es donde nos dimos cuenta de nuestro error: no estábamos solos. Ante nuestra sorpresa, una señora nos instó a mantenernos en silencio, por respeto del lugar. Le pedimos perdón e intentamos decirle que simplemente rezábamos, a lo que nos espetó que ese no era lugar para rezar. Sorpresa máxima, dado que estábamos en un santuario. Se lo intentamos explicar y la conversación se tornó violenta. Intentamos calmar nuestros ánimos y los suyos…que ya pasaban a las descalificaciones personales sobre nuestra familia. Intenté conversar con ella, acompañándole amablemente hasta la salida del Santuario, pero la cerrazón era máxima. No escuchaba, ni atendía a razones. Bucle tras bucle siguió con las descalificaciones personales, sin aceptar disculpas. Ya mi sorpresa fue máxima cuando adujo como garante de su autoridad, que era historiadora y por tanto, parecía, saber perfectamente el uso del edificio, la historia de la zona y, de paso, toda mi vida personal y familiar, mis creencias religiosas, políticas y, si me descuido, mis aficiones. No me dejó aclararle que un santuario es según Wikipedia “Del latín sacrarium, sanctus, un templo en el que se venera una imagen, dioses o reliquia de especial devoción. Es decir un lugar de encuentro con lo divino”. Y que el lugar donde estábamos nació fruto de la devoción a San Miguel, que constituía, a partir del siglo X uno de los cultos mayores, impulsados por los reyes de Pamplona, junto al tributado a la Virgen María. Lo aclaro en esta carta por si llega a su conocimiento y de este modo entiende mejor que estábamos haciendo lo que innumerables navarros han hecho allí desde el siglo X: rezar. Es una lástima, porque además de desearnos un próximo encuentro con la muerte a mi cuñado, a mi hermana y a mí, su marido acompañó estos augurios con gestos obscenos. Espero realmente que esa señora se encuentre recuperada del mal que le provocó reaccionar de una manera tan poco académica porque casi nos fastidia el día que, por diversos motivos que no adivinó, era de mucha trascendencia. Menos mal que a todo le sacamos punta: rápidamente aclaramos a los niños y no tanto que descalificar nunca es un argumento de autoridad para nada, y que hay que escuchar e informarse antes de hablar. Y nos volvimos a Pamplona para terminar disfrutando de una gran Cabalgata de Reyes Magos donde, como siempre, casi perdemos la voz saludando a los Reyes Magos y pidiendo caramelos a los pajes.