Dichas y quebrantos

Mikel Aguirre|

Publicado el 20/12/2019 a las 08:35

Soy un optimista antropológico, un militante convencido que una actitud positiva siempre suma, pero últimamente debo reconocer que lo digo demasiadas veces, lo que indica que ni yo mismo, que tengo pocas certezas absolutas en mi vida, crea que esta es una de ellas.

Es verdad que ver el vaso medio lleno nos da aliento pero muchas veces, demasiadas veces, esta realidad aplastante a la que pertenecemos nos empuja y acorrala hacia espacios demasiado oscuros. Estamos a punto de cerrar el año e intento hacer un resumen honesto entre claros y oscuros, entre “dicha y quebranto los dos materiales que forman mi canto” que dice la hermosa canción “Gracias a la vida”.

Por empezar por lo más cercano en el tiempo, nos encontramos con el contundente fracaso de la cumbre del clima dinamitada por las grandes economías mundiales que deben creer, como dicen algunos, que el clima es como la infancia, que son el futuro, y por lo tanto ahora no toca actuar, que tenemos tiempo, cuando llegue el futuro... Ya asoma 2020 y trae consigo viejas crisis humanitarias, viejos retos que lejos de solucionarse se siguen enquistando y continúan sangrando, Yemen, Siria, Líbano, Rohingya, Irak, República Democrática del Congo, República Centroafricana, Somalia, Sudán del sur... Hace unos días mi amigo y compañero en esta lucha del bien común, Isidro Elezgarai, nos recordaba después de un viaje a Camerún que había visto la miseria provocada por la corrupción, la explotación de riquezas, el cambio climático y la guerra, que había visto cientos de niños malnutridos que recorren kilómetros para acudir a la escuela donde llegan agotados después de caminar solos por caminos peligrosos donde pueden ser raptados, violados, secuestrados y asesinados.

En todo el mundo, incluido nuestro país, suenan tambores que claman abiertamente por la xenofobia, solo una unidad política, contundente y eficaz contra la xenofobia nos librara de esa lacra, que lo sepamos todos, políticos y ciudadanos. Que los políticos cumplan con su trabajo uniéndose contra la xenofobia, es tan importante como que cada uno de nosotros nos sintamos interpelados en nuestras conversaciones familiares o encuentros con amigos si este fantasma entra en nuestros espacios vitales.

La aporofobia, rechazo al pobre, que tantas veces nos anunciaba Adela Cortina, ya está aquí de manera definitiva, constante, calándonos con sus discursos como lluvia fina, atacando nuestras conciencias y levantando muros de piedra y de indiferencia. Seamos conscientes de ello, solo así sabremos cómo enfrentarnos. Quizás por todo ello, y por muchas más circunstancias, Unicef hace al mundo la mayor petición de fondos de toda nuestra historia, necesitamos 3.800 millones de euros para cubrir las necesidades de 95 millones de personas, incluidos 59 millones de niños y niñas. Los tozudos números nos recuerdan que uno de cada cuatro niños vive en un país afectado por un conflicto o un desastre. El número de países en crisis se encuentra en su punto más alto desde la aprobación de la Convención de los Derechos de niño en 1989. Ante este panorama desolador, y partiendo de mi condición de tipo optimista, mi fe descansa en la gente, en ciudadanos como los 400.000 socios de Unicef en España y tantos otros que, en distintas organizaciones, comprometen, tiempo, dinero y esfuerzo por cambiar esta realidad. Y, si me permiten, confío especialmente en mi generación de sesentones, o casi sesentones, que vivimos, no hace mucho, tiempos en blanco y negro, con falta de libertades. Porque nosotros sabemos que las miradas al pasado con nostalgia solo traerán más dolor, más miseria y más desigualdades, nosotros que como cantaba Labordeta somos como esos viejos arboles batidos por el viento, “vamos a echar nuevas raíces por campos y veredas para poder andar tiempos que traigan en su entraña esa gran utopía que es la fraternidad”. Ojalá, ese es mi deseo, para este y para todos los años venideros.


Mikel Aguirre, presidente Unicef Comité Navarra.

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