Cachorros navideños
Publicado el 04/12/2019 a las 08:07
El imaginario es tan repetido como desoladora la realidad: la familia adquiere un cachorro por Navidad y, al cabo de seis meses, la situación es insostenible. Nadie tiene tiempo para hacerse cargo de él porque requiere energía, dedicación y dinero. El juguetito promisorio se ha convertido en una incomodidad odiosa. Así que termina en la perrera o, aún peor, en el monte o el río para que muera en solitario, discreta y dolorosamente. La historieta es una de las más manidas en el repertorio navideño patrio. España cuenta con la tasa de maltrato más alta de Europa, dato también repetido hasta la saciedad para ver si cala y sacude. Pero que si quieres arroz, Catalina.
Somos frívolos, admitámoslo: Navarra no es ajena al cuento navideño anterior y está repleta de perros abandonados, unos mil al año. Y ni tan siquiera hablamos de los perros muertos en condiciones que dicen muy poco de nosotros - o mucho y malo de la condición humana, porque el maltrato animal desvela más de nuestra especie que de las otras-. Y cuando una sociedad se mira al espejo es más necesaria la autocrítica que la autocomplacencia -fue la segunda la que originó la crisis pasada, el principio rector del comportamiento que ensombreció al resto, llevándose por delante cualquier atisbo de detracción que hubiera frenado ciertos desmanes y algunas idas de olla-Por eso, si alguien ignora los sacrificios que implica un perro en una familia, es mejor que se olvide de la idea. Y quien haya sopesado la decisión, por favor, que adopte. En la perrera de Etxauri, la oficial del Gobierno de Navarra, los hay por doquier: de todas las edades, razas, tamaños y caracteres. En Tierra Estella, pregunten a Egapeludos. En la Comarca, a la Protectora de Mutilva o a la de Egüés, al lazareto de Pamplona. En el sur, a la Protectora Ribera, al lazareto de Tudela. Pregunten a Facebook: allí están las asociaciones con fotos de decenas de animales igual de buenos o mejores que los de criadero. Es crucial darles visibilidad.
Y descartemos el postureo perruno, por favor. Son seres dolientes y sufrientes: no podemos tratarlos con criterios de clasismo estético o de utilitarismo flemático. Un perro de perrera es tan válido para un hogar como uno comprado: por salud, carácter, comportamiento, nobleza. O más. Quienes venimos de familias que han convivido con ellos durante generaciones lo sabemos. No puede ser que la actual moda de adquirir perro constituya un factor más que incremente el número de animales que potencial y posiblemente serán abandonados. Por favor, adoptemos a los que ya viven y revientan instalaciones públicas y privadas. Las condiciones de algunos criaderos son, además, infames, a pesar de papeles, certificados, pedigrís y pamplinas.
Asumimos que no somos Holanda, país declarado libre de animales abandonados. Ni tenemos por qué, dirán algunos tirando de ufanía folclórica. No, no tenemos, pero está claro que hay ratios que son miserables: encabezar el maltrato animal y el de consumo de prostitución, por ejemplo. Porque van contra algo tan básico como el humanismo cívico, y fomentan cuestiones tan indiscutiblemente asociales y destructoras como la dominación a través del sadismo, la trivialización de la violencia, la normalización de brutalidad y la refocilación en lo cruel. Casi nada.
El maltrato de seres vivos - el del planeta forma parte de la misma espiral de ofuscada y visceral prepotencia- es el gran debate del siglo XXI. Pero hoy solo hablamos de evitar comprar cachorros irreflexivamente y de plantearse la adopción. Por una Navidad que no nos empecine en los errores, sino que regale un extra de espíritu navideño.
Rebeca Viguri, cofundadora en 2013 de una asociación de rescate de perros en Almería
