Navarra ante la metropolización

Manuel Sarobe Oyarzun|

Publicado el 09/11/2019 a las 19:16

Se ha publicado un inquietante informe sobre el fenómeno migratorio titulado “La metropolización de Madrid vacía las provincias ricas de España”. Explican sus autores que cada año llegan a la capital más de 100.000 inmigrantes en busca de salidas laborales que sus lugares de origen no les ofrecen. No vienen con el hatillo huyendo de la miseria del campo, como sucedió en la década de los 50 a los 80, cuando la industrialización vació los pueblos para proveer a las capitales de mano de obra barata. Movidos no ya por el hambre sino por la ambición profesional, arriban atesorando grados y másteres, ávidos por encontrar un empleo acorde con su preparación. A más formación, más migración.

Con la apertura al exterior de España, la industrialización ha dado paso a la globalización y a la automatización. Las metrópolis, Barcelona y sobre todo Madrid, concentran las actividades de más alto valor. Las restantes ciudades ricas, incapaces de competir en esta economía global, empiezan a desertizarse. Con la fuga de cerebros, estas urbes no sólo pierden el presente, sino el futuro. Para trabajar, por ejemplo, en Google, Amazon o Facebook -cuyo sueldo medio es de 120.000 euros- hay que ir a Madrid. Según dicho informe, los flujos procedentes de Navarra están en máximos históricos. Aunque los fenómenos económicos obedecen frecuentemente a causas exógenas, la actuación de los gobiernos locales es decisiva. Lo fue en los años 60, cuando Huarte y Urmeneta obraron el milagro de transformar la Navarra rural en una pujante sociedad industrial. Crearon polígonos a los que atrajeron empresas con incentivos fiscales. Invirtieron en unas infraestructuras que eran la envidia de España. El Opus Dei erigió una Universidad que nos permitió a miles de navarros labrarnos un futuro más prometedor que el que la vida deparó a nuestros esforzados padres. Todo ello nos llevó a liderar el bienestar del Estado.

Barkos, carente de la visión de los mencionados prohombres, implementó, junto a abertzales y bolivarianos, la política contraria. Zancadilleó a la Universidad privada, nuestra institución más prestigiosa tanto a nivel nacional como internacional. Fue incapaz de aprobar un plan de empleo. Paralizó la obra pública. No sólo renunció a modernizar el tren, sino que no presupuestó ni para baches. Puso trabas a la enseñanza del inglés. Instauró un infierno fiscal. Enfrascada en ensoñaciones identitarias, descuidó la buena gobernanza.

Pero no culpemos de esta involución al nacionalismo vasco, pues las obras del AVE echan humo en Euskadi, cuyas diputaciones, ya a la cabeza en competitividad fiscal, buscan ampliar su atractivo. Álava ha propuesto suprimir el impuesto de patrimonio que aquí, denunciémoslo una vez más, es el único que grava los activos empresariales. Guipúzcoa ha mejorado la tributación de los gestores de fondos de capital riesgo. Vizcaya se plantea revisar el impuesto de sucesiones tras detectar fugas. Si ello sucede con un tipo impositivo del 1,5% para descendientes, qué no pasará aquí donde se dispara hasta el 16%. Barkos no entendió que bajar impuestos, además de aliviar la carga fiscal individual, incrementa la recaudación global al aumentar el número de contribuyentes. Y, por si fuera poco, cada vasco paga por su Cupo la mitad de lo que cada navarro lo hace por su Convenio. El problema no es pues que nos gobernaran los nacionalistas, es que nos tocaron en suerte los menos avezados.

La situación es preocupante. Ya no aspiramos a atraer empresas, sino a frenar la huida de las que quedan, de quienes más contribuyen y del capital humano más valioso. No deberíamos fiarlo todo a la Volkswagen. O a multiplicar innecesariamente altos cargos públicos. Los últimos resultados electorales nos permitieron albergar una esperanza que María Chivite se encargó de frustrar al eligir como pareja de baile a aquellos cuyas políticas comprometen más nuestro futuro. Un error que pagaremos caro. Porque una cosa es que no podamos evitar que Navarra pierda a sus hijos más brillantes, y otra muy distinta que contribuyamos a ello.


Manuel Sarobe Oyarzun

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