Audiciones urbanas
Publicado el 06/11/2019 a las 08:37
Día lluvioso. Aparcada la necesidad de andar hasta el centro de Pamplona, me aúpo a una villavesa para alcanzarlo y asistir al trabajo diario, como el resto de los mortales en edad de merecerlo y tenerlo (agradeciendo esa posibilidad a pesar de lo que se tenga que aguantar o te tengan que aguantar, dependiendo del punto de vista, ya se sabe). Junto con la avanzada estudiantil de las jóvenes promesas de nuestro futuro. Conjunto global de sardinas en lata, atrapadas sin remedio, con ceños de generar algún motín mañanero (quién dijo que no existe la paciencia), obligadas por el “vayan ustedes para atrás”, que no le queda más remedio que esgrimir al conductor que debe seguir las consignas (supongo) que se le marcan (profesional con necesidad, y deber, de ser respetado, mientras no sobrepase la propia línea del respeto debido; respeto mutuo que -salvo indigentes mentales- suele ser la tónica habitual en lo que yo puedo haber visto directamente… y soy ya bastante viejo).
Así avanzamos entre paradas, en “olor de multitud”, en un contacto (multirracial, multicultural y variado en género) digno de servir para un proceso judicial de acoso irreverente. Se va “descargando” el horizonte, alumbrando huecos de esperanza cuando una voz, aguda y llena en decibelios, se levanta en la trasera del vehículo, y nos levanta en sobresalto con un “te estoy viendo, “fulano”, ¿qué tal estás?”, respondiendo este a su interlocutora desde su sitio - previo respetuoso levantamiento de posaderas-, con un “vaya, no te había visto ni con gafas; voy a…”. Unos minutos de “confortable” audición pública, gratuita, ofrecida al soñoliento pasaje (al estilo “Hola Don Pepito… Hola Don José”, que enfrentamos entre nosotros con incrédulas miradas), donde nos dan información de toda su agenda e, incluso, detalles de la de otros de sus conocidos.
Bajado el interlocutor, como torero saliendo a hombros por la puerta grande de una plaza, la interlocutora se lanza, móvil en oreja, a seguir deleitándonos a todos (¡para eso pagamos el viaje!) con una estupenda representación de cambios de voz (a cual más alta y estridente) e información detallada de otras múltiples cuestiones que debate con una conocida y que, da la impresión, es obligatorio conozcamos para poder enfrentar nuestro día con garantías de supervivencia.
Por fin, mi parada. “Triste” por perderme el resto del espectáculo, mientras los demás seguirán disfrutando de él. Pobres todos, incluido el conductor (con ironía me pregunto si tendrán algún plus por este tipo de riesgo). Camino pensando en que es un asunto recurrente. He visto y oído a muchas personas ofreciéndonos informaciones de todo tipo. Desde cómo hacer una sopa hasta lo importante -casi indispensable- que tiene que ser el “vocero” en su trabajo. Eso cuando los entiendo pues, no sé por qué, parece que el volumen de voz es directamente proporcional a la nulidad de entendimiento que me genera el lenguaje con el que se expresan. Posiblemente lo hagan por la posibilidad que les dan sus lenguas, totalmente incomprensibles para la casi totalidad de los que podamos integrar su entorno en ese momento, sea en ámbito cerrado o en la calle. Vendría bien, en mi opinión, alguna campaña general en medios urbanos -en varios idiomas, al margen del habitual nuestro, correspondientes a los grupos sociales predominantes en nuestra ciudad- para tratar de “culturizar” en que la contaminación acústica lega, también puede afectar a nuestro cerebro. Sin más.
Javier M. Elizondo Osés