Una manera de protestar

Jesús Hernández Aristu|

Publicado el 19/10/2019 a las 07:10

Durante las últimas semanas he seguido en la prensa y en la calle la exhibición de una patología de una persona convertida muy a su pesar en el “mono de feria” de la opinión pública: el síndrome de Diógenes. Qué pensaríamos si se exhibieran todas las deficiencias humanas como un espectáculo, como un entretenimiento. Se ha avanzado mucho en sensibilidad social ante situaciones humanas que se desvían de lo considerado como normalidad de las personas. Las hemos ido descubriendo poco a poco como enfermedades o comportamientos patológicos. Así por ejemplo el alcoholismo, las ludopatías, las drogodependencias, etc,poco a poco hemos reconocido que muchos de esos comportamientos y otros son conductas patológicas propias de los seres humanos y respuestas inadecuadas a situaciones personales, a condiciones de vida incluso a herencias genéticas. A nadie se le ocurre ya exhibirlas, menos condenarlas o juzgarlas como actos (anti) morales. Más bien las hemos aceptado como punto de partida para responder con programas de ayuda, con respeto y comprensión para las víctimas. Anteriormente las deficiencias físicas o mentales , personas sin visibilidad, o sordas, eran objeto de risas, de chistes. Afortunadamente ya hemos superado todas esas actitudes y reacciones “inhumanas” frente a las personas con esas patologías.

¿Por qué, me pregunto yo indignado, esta exhibición en algunos medios de comunicación y en la calle en nuestra Comunidad Foral ante una patología como la del llamado síndrome de Diógenes, incluso su presentación como un espectáculo? ¿Resulta que ahora descubrimos que existe esta patología y la convertimos en un espectáculo de policías, vecinos y bomberos? Leo en internet que “las personas con el síndrome de Diógenes se caracterizan por acumular en su casa grandes cantidades de basura y desperdicio. El síndrome de Diógenes afecta, sobre todo, a personas mayores de 65 años, pero normalmente suele ser una enfermedad que aparece como consecuencia de otras patologías previas, como el trastorno de personalidad obsesivo-compulsivo, o por otras conductas que pueden agravarse como el coleccionismo u otras causas.

Al menos la mitad de los pacientes que padecen esta enfermedad sufren alguna clase de enfermedad mental: los diagnósticos relacionados más frecuentes suelen ser la demencia, la depresión psicótica y trastornos de personalidad”. Además suelen ser personas que viven aisladas, sin contactos con el exterior o abandonadas. Motivos suficientes para tomarlas en consideración y responder con medidas de prevención y, en cualquier caso, de ayuda y protección. Me permito hacer referencia a que los comportamientos de estos enfermos nos enfrentan, sin quererlo, al almacenaje de nuestras propias miserias, que mantenemos protegidas en nuestra intimidad y cuidamos de no exhibirlas. Ellos, los que padecen esa enfermedad, no tienen ya tapujos para exclamar. Ayuda, un poco de luz aunque sea tan débil como la del candil de Diógenes.

Jesús Hernández Aristu, profesor jubilado de la Upna

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