El dulce sabor de la amargura

Mario Varela Pérez|

Actualizado el 20/10/2019 a las 13:09

Como en cualquier desgracia de todo lo malo siempre quedan cosas que a la vuelta tienen su aprovechamiento aunque sea indeseado. En cada faceta de la vida y en cualquier campo nos cargamos de ilusiones que se van alimentando para acumular en lo que la fantasía de cada uno y que nuestra mente ha podido crear. Sobran acometidas de la vida para que uno tenga que prescindir de muchos de eses deseos e ilusiones para toparse de frente con los muros o barreras impuestas por las circunstancias que conforman nuestro yo. Y como de sabores va la cosa, uno de eses sabores como es el que arrastra el desamor, con ese sabor ambiguo entre doloroso y a la vez que nos envuelve con la dosis de disfrute que da el sentirse solo, o por lo menos la falta de la compañía que uno quisiera, y sobre todo con la forma e intensidad por uno deseada, si detrás hay un deseo de un mundo fantástico e idílico creado en la mente cuando esta se lanza a planear en espacios de suma fantasía. Los cauces por los que la circunstancial vida nos conduce, conllevan la posibilidad de que a cada individuo le surjan momentos que superen lo que se podría entender como la normalidad y en un leve salto pase a ser víctima del disfrute anormal que proporciona la soledad, esa soledad abrigadora de los valores que el individuo se auto atribuye para superar el bajón que da la percepción de la falta de verse valorado, aún siendo el momento de darse uno a si mismo quizás, el verdadero merito de distinguir la diferencia que los seres pululantes alrededor de uno no son capaces de ofrecer. Que manantial más innecesario rebosa sinsabores, tanto mires al frente como en cualquier otra dirección, que abundancia de quina, que mampara translucida pero imponente con puntuales vistas infranqueables se forjan entre el sujeto y su imaginario e idílico mundo por el sujeto creado, que se opone al buen convivir entre los sujetos firmantes de un pacto de extrema colaboración mutua. Y hay que decirlo como en todo conflicto siempre hay uno o más causantes, seguro que la culpa no es equitativa, de serlo rompería toda lógica, ya seria casualidad, pero si en el caso más rutinario la lógica dice que el que más lo sufre suele ser la víctima, lo explica el deseo de verse en una situación diametralmente opuesta a la puntualmente padecida. Falta algo o alguien que ponga en valor delante de los causantes la claridad meridiana para hacerles salir de la fatal situación, mientras tanto el cerebro proporciona ese extraño y etéreo alimento con el que el estado de ánimo subsiste y resiste a una situación indeseable. 

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