Educación para convivir
Publicado el 17/10/2019 a las 08:36
Me pregunto si en otros muchos países que nos llevan ventaja en lo que ahora llamamos “movilidad sostenible”, se ha producido un debate de la cuestión tan largo y penoso como el que estamos viviendo.
A mi modo de ver, somos especialistas en oponernos a todo lo que se propone como novedoso y que a todas luces beneficia a la colectividad. El motivo, lo desconozco, pero esto es un hecho: el “de qué se trata, que me opongo”, es un distintivo muy nuestro. En esta línea, asisto sorprendida al debate que se está produciendo con este tema. Soy una señora usuaria de la bicicleta en mis desplazamientos urbanos pero que sigo utilizando también el coche. Por esto es por lo que sigo este asunto con auténtico apasionamiento. Y aún no me aclaro. No me aclaro y lo peor de todo es que tengo miedo. Sí, miedo. ¿ Quién no lo tendría si tuviera que circular por la calzada cuando en ocasiones debemos pensar antes si nos corresponde ir por la derecha, por la izquierda o por dónde? ¿Quién no se asustaría si es objeto de insultos por el mero hecho de circular despacito, con su casco y con todos los aditamentos posibles y exigidos? ¿Cómo no vamos a tener miedo si para llegar a ciertos lugares nos jugamos el tipo y se nos agrede de esa manera solo por atrevernos a desplazarnos utilizando para ello una bicicleta?
Esto no lo he visto en ningún sitio. Viajo con mucha frecuencia a tres países que nos llevan muchos años de ventaja: Francia, Holanda y Suiza. Nunca he visto a gente insultar a un ciclista, sino todo lo contrario. Se le concede su merecido espacio dentro de la ciudad. Un lugar compatible con el de los automóviles y con el de los peatones. Allí la gente convive y comparte aún cuando las condiciones no sean las óptimas.
En París, viviendo entonces allí hace ya casi 30 años, las bicicletas empezaron utilizando el carril bus y taxi y consiguieron en poco tiempo que este medio de transporte creciera considerablemente. Y sabemos que esta ciudad no está especialmente preparada para ello (suelo adoquinado, aceras, escalones por doquier). Solo la decisión política de facilitar el uso de la bicicleta, sin que fuera ni siquiera importante el delimitar el espacio con un carril bici, y por supuesto la educación de la sociedad lo hicieron posible.
Una vez más, quizás sea esto lo único que nos falta. Educación para convivir. Educación para entender que la calle es de todos y que deberemos aprender a compartirla. Por extensión: una ciudad que presenta en portada la noticia de que a ciertos animales se les permite el acceso a ciertos establecimientos comerciales, cuando luego se reconoce que la presencia en la misma de los perros casi alcanza la de los niños en edades comprendidas entre los 0 y los 7 años, es una sociedad que aún no está educada y que por el momento dista mucho de estarlo. No solo los ciclistas sino también los animales deben tener un espacio entre nosotros. Y termino con un párrafo de Javier Yábar, veterinario especializado en perros: “Mi caminar profesional está repleto de miradas joviales, lametones, coletazos y cabriolas... Puedo dar fe de que el amor que he visto en perros compañeros ha conseguido que muchas personas salieran adelante en esta jungla inhóspita que a veces es nuestra sociedad”. Pues eso.