Humanidad por encima de todo

Mónica Chérrez Bermejo|

Publicado el 15/10/2019 a las 08:21

Llevo pensando varios días cómo iniciar esta carta, y por más vueltas que le doy, la primera palabra que sale de mi boca es gratitud hacia los doctores del Hospital Virgen del Camino que han salvado la vida a mi hijo, así como a todo el equipo sanitario de la UCI. Soy madre de un adolescente que acaba de cumplir 16 años y omito su nombre porque así me lo ha pedido él. El pasado mes de junio, mi hijo fue sometido a una intervención quirúrgica en la UCI de Virgen del Camino. Desde hacía dos años su esternón no se desarrollaba correctamente y cada vez se le hundía más. Debido a su malformación, por miedo a padecer burlas, se negaba a ponerse en bañador y a acudir a campamentos de verano. Ya no quería jugar a futbito con su equipo como hacía antes. Su sensación de malestar y la falta de oxigenación se lo impedía. También tenía dificultades para seguir sus estudios de cuarto curso de secundaria. Su pediatra habitual, preocupado, nos derivó a la consulta de Príncipe de Viana. Allí, el especialista emitió el diagnóstico: su hijo padece ‘pectus excavatum’, es decir el esternón se proyecta hacia dentro, formando una depresión en el pecho, me dijo. Era preciso operar. De otro modo tanto su corazón como pulmones y, posiblemente su vida, estarían en riesgo. “¿Cómo seguir compaginando el día a día con el colegio, las cargas familiares y obligaciones laborales?”, me preguntaba ansiosa cada mañana. ¿Cómo podría seguir motivando a mi hijo para que llegara con fuerza y optimismo a la operación? Todo resultó más sencillo de lo esperado. Mi hijo estaba feliz. Había empatizado tanto con el cirujano y estaba tan contento que a diario preguntaba: “¿Cuándo me van a arreglar el agujero, mamá?”. El cirujano nos explicó que su patología era más evidente ahora, pero había nacido con ella. En ese momento acerté a comprender el porqué de todo lo que había vivido hasta entonces: asma, fatiga, cansancio físico. Sin embargo, fui consciente también al mismo tiempo de que mi hijo estaba en manos de un especialista de reconocido prestigio, que nuestra sanidad pública nos ofrecía. Quisiera decir a los lectores que no me ha resultado fácil escribir esta carta. Cuando una madre vive la angustia de poder perder a su hijo, no es fácil sopesar qué hubiera pasado si no llegamos a contar con la profesionalidad y experiencia del cirujano que está dispuesto a darlo todo para salvar vidas.

Por todo ello toda mi familia se siente afortunada y muy agradecida por haber tenido la oportunidad de contar, no solo con el valioso conocimiento como médico cirujano del doctor Carlos Bardají, sino también con su gran empatía personal que se traducía día a día en humanidad, altruismo y amor al prójimo. Valores que, sin duda, son un verdadero modelo de vida. Ojalá la administración sepa valorarlo también en su justa medida tal y como lo hacemos quienes tenemos la fortuna de ser sus pacientes. Así pues, en nombre de mi hijo, en el mío propio y el de mi familia, quiero darle públicamente las gracias más sinceras y expresivas al doctor Carlos Bardají y, de manera extensiva, a todo el equipo humano que desempeña cada día con excelencia su labor sanitaria.

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