Las cosas por su nombre

Virginia Martínez-Peñuela Vírseda|

Publicado el 30/07/2019 a las 08:01

Es la emocionante sensación de conformidad con el artículo del psicólogo Jose Luis García 'Sexo y poder social: la prostitución', la que me anima a poner en orden una serie de reflexiones acerca de esta y otras cuestiones. No estamos acostumbrados a que alguien se acerque a tan compleja realidad, con tan meridiana claridad. Vivimos un momento histórico en el que todo está bien. Todo es lícito. Y esto, mal que nos pese, ni ha sido ni es ni será así nunca. En nuestras manos está el tratar de conducir el futuro por diferentes derroteros.

Detrás de la permisividad generalizada está la manipulación y, sobre todo, los intereses económicos de muchos. Pero los que hemos hecho de la educación nuestra profesión, sea como padres o como docentes, estamos obligados a llamar a las cosas por su verdadero nombre. El alcohol, las drogas y la prostitución y todo lo que conllevan, no son buenos. No solo desde el punto de vista sanitario y social, sino porque todos sabemos que están en el germen de mucho del dolor de un gran número de seres humanos.

Esta sociedad incita al consumo de todo tipo de sustancias desde edades tempranas. Aplaude, jalea y empuja con esta actitud a que este consumo esté inseparablemente unido al ocio, la fiesta y la diversión. Todos somos responsables de ello, pero casi nadie se coloca de frente. La Administración lo constata con estudios estadísticos, pero no apoya suficientemente campañas serias y mantenidas en el tiempo, que eduquen en valores y traten de construir un mundo mejor. Creo firmemente que esto es posible. La solución empieza siempre por nombrar de una forma valiente toda esta problemática que nos envuelve y que dejamos pasar como si por arte de magia al hacerlo dejase de existir. Una profesora que tuve y que fue en gran medida quien estuvo en el origen de mi vocación profesional decía al final de su vida laboral que se jubilaba lo antes que podía porque (palabras textuales) “no me gusta lo que veo”. Me pareció un motivo más que suficiente para hacerlo. Y siempre lo tengo en mente.

Sin embargo, sería bonito no tirar la toalla y que cuando mirásemos todos los días a nuestro alrededor, nos gustara lo que viésemos. Y eso, por suerte o por desgracia, está en nuestras manos. Creo en el poder de la educación. Creo en las personas, y sigo aplaudiendo como dije al principio, a quien sin tapujos, llama a las cosas por su nombre.

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