Cuando solo puedes decir gracias

Agustín Garnica Cruz|

Publicado el 20/07/2019 a las 09:19

Recientemente ha fallecido mi padre, con casi 88 años, y sus últimos 10 años de vida “hospitalaria” me llevan a escribir esta carta. Durante los últimos 10 años mi padre Miguel tuvo una enfermedad que le hizo durante los últimos 7 años asistir cada 28 días al hospital de día de Pamplona para recibir un tratamiento, bajo la supervisión de la doctora Horcada. No puedo acordarme de los nombres de todas las personas que le han atendido durante ese tiempo, solo recuerdo el de la doctora y dos enfermeras que son los que más nombra mi madre, Cristina y Julia, pero sí que quiero señalar que siempre que he acompañado a mi padre a ponerse “la inyección” he visto que todas las personas que trabajan en esa unidad le han tratado casi como si fuera su propio padre, con un cariño digno de reconocer. Al final, no fue esa la enfermedad que terminó con su vida, sino que fue una neumonía. Por ella estuvo ingresado en el pabellón de Geriatría del Hospital de Navarra, al que se le conoce como el “caracol”, y allí aún fue mayor mi sorpresa por el trato recibido. El médico se sentaba junto a mi padre en una silla, no le hablaba de pie, y le decía las cosas como si fuera su amigo. No tengo palabras para referirme a como trataban a mi padre, y a sus compañeros de habitación, el personal de enfermería, personal auxiliar, celadores y hasta las estudiantes de enfermería en prácticas (eran todo chicas), sin olvidar la amabilidad y paciencia de las dos personas que limpiaban la habitación.

Como vivimos en Lerín el hospital de Estella ha sido lugar de peregrinación habitual, y allí es donde ingresó para llegar al final de sus días. Este hospital y la zona de consultas, a donde hemos subido en bastantes ocasiones (cataratas, hernia, oculista, caídas, …), no se si será por su tamaño, pero cuando estás dentro te da la sensación de estar como en casa, te cuidan y tratan como si fueras de la familia. Siempre me llevaré el recuerdo de la persona del cuerpo de celadores que me ayudó a despedirme de mi padre en el último segundo antes de dejarlo en sus manos, no lo pudo hacer mejor. Y en este repaso de médicos y hospitales no puedo dejar de nombrar a los médicos de Lerín, como la actual doctora Sira, y a la enfermera, Susana, así como al personal administrativo del consultorio, por la infinita paciencia que han tenido durante estos años. Creo que a los médicos de pueblo debería de hacérseles un monumento.

Seguro que habrá quien lea estas letras y no pensará como yo, puede ser que no acertasen en su diagnóstico o que hubiera algún error o fallo en su tratamiento pero, al menos, en lo que al trato recibido por mi padre durante estos últimos 10 años, solo puede decir una palabra: gracias.

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