Más que fárragos obran quintaesencias (2)

Ángel Sáez García|

Actualizado el 12/07/2019 a las 17:42

(Sigue.) Para mí estaba claro que, teniendo en cuenta los iniciadores “anteayer” y “ayer”, debía arrancar mi frase o párrafo con el adverbio “hoy” y una palabra (había decidido que fuera “tercera”) polisémica debía ocupar o coincidir con esa posición dentro de la frase, como así había advertido que ocurría con octava en el primer caso y décima en el segundo. Tras haber tomado la susodicha y doble decisión, sin más tardanza, he asido y empuñado el bolígrafo para culminar mi labor. Hoy la tercera frase que se impone es, sin ninguna duda, la que sigue (he escrito). De poco (tan poco, que viene a quedar en nada, en nonada) sirve pensar qué hacer y decir qué se ha pensado hacer, si al final, por no haber incoado el hecho, ese pensamiento y ese dicho quedan en agua de borrajas o cerrajas. El hombre (sea hembra o varón) no es lo que piensa ni es lo que dice, es lo hace. Acaso venga como alianza al anular rememorar la parábola de los dos hijos (“Un hombre tenía dos hijos. Llegándose al primero, le dijo: 'Hijo, vete hoy a trabajar en la viña'. Y él respondió: 'No quiero', pero después se arrepintió y fue. Llegándose al segundo, le dijo lo mismo. Y él respondió: 'Voy, Señor', y no fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?”) que cabe leer en el capítulo 21 del Evangelio de Mateo. El hombre (ella o él) son sus frutos, sus obras. Y las obras (que no las sobras, aunque suene igual) de un hombre conforman su prosopografía. Esto lo vio con meridiana claridad el invidente Jorge Luis Borges, que, para coronar el Epílogo de “El hacedor” (1960), nos regaló a cuantos lo leemos y releemos esta joya o magnífico e imborrable colofón: “Un hombre se propone la tarea de dibujar el mundo. A lo largo de los años puebla un espacio con imágenes de provincias, de reinos, de montañas, de bahías, de naves, de islas, de peces, de habitaciones, de instrumentos, de astros, de caballos y de personas. Poco antes de morir, descubre que ese paciente laberinto de líneas traza la imagen de su cara”.

Ángel Sáez García

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