Calidad de la democracia

Ricardo López Pérez|

Publicado el 09/07/2019 a las 19:51

Asistimos estos días a cierto hartazgo, por qué no decirlo, de los cambios de cromos para establecer gobiernos en España y en Navarra. Parece ser que la unión de fuerzas contrarias a que gobierne la lista más votada se está convirtiendo en opción posible y, aunque legal, éticamente es desdeñable y explicaré por qué. Existen estudios que evalúan la calidad de las democracias y a tenor de los resultados creo que hay puntos que deben de tenerse en cuenta en este estado de las cosas - sobre todo si se avecinan nuevos comicios-. La mayoría de los expertos tienen claro que democracia no sólo son los procedimientos para escoger el poder político sino también sus objetivos y resultados, tales como el desarrollo económico, infraestructuras, la justicia social o la igualdad y libertad. Ahí es donde está la clave para los ciudadanos. Si tenemos en cuenta uno de los índices para la calidad de la democracia (ID), vemos que a partir de una serie de indicadores los países quedan clasificados según cuatro “calidades” de democracia. Para ello, se tiene en cuenta el proceso electoral y pluralismo, en un marco de la libertad política, este apartado parece que está asegurado y es correcto; luego la participación política para acudir a las urnas y ahí ya pinchamos un poco. A continuación, la cultura política en función de si tenemos asimiladas las reglas del juego electoral y sus resultados electorales, esta también flaquea pues la impresión general es que ganan unos y pueden gobernar otros; a renglón seguido las libertades y derechos que deben de estar garantizados. Y finalmente la calidad del funcionamiento del Gobierno como la capacidad para tomar decisiones o proponerlas, donde seguro que si tenemos tetrapartitos, quintupartitos o demás familia que pretenden una democracia con un fuerte componente nacionalista y tratan de imponer sus postulados obviando los de los demás, será difícil consensuar propuestas y acciones que la mayoría de los ciudadanos demandan. Como a cada una de estas categorías se le pone una nota de cero a diez y se hace la media, nos quedamos con un aprobado por las justas, lo que para una democracia constituida a finales de los setenta no deja de ser bastante deprimente. Si a eso añadimos que se clasifican los países en niveles de democracia: las plenas con cultura política sólida y funcionamiento del Gobierno satisfactorio, las imperfectas con bajos niveles de participación y problemas de gobernanza, y otras en que los resultados no son fiables, que no es el caso. Diré que pudiendo consolidarnos en la primera nos quedamos al borde de la segunda y es una verdadera lástima y un problema para los ciudadanos por la cortedad de miras de algunos políticos y sus ambiciones personales antepuestas a todo lo demás. En los datos para este índice, en su ranking de 2018 hay veinte países del mundo considerados democracias plenas, España está entre ellas, ocupa el puesto diecinueve. No me gustaría ser agorero pero en esta situación que cada vez se agrava más me da en que no tardaremos en caer de esa lista y engrosar la siguiente. Si las cosas no cambian, la democracia se está resintiendo, se ve, solo por la ambición de algunos... Qué error. Algunos medios internacionales ya hablan de una creciente desconfianza en la democracia en los países avanzados por la globalización, la presión fiscal a la clase media y la función de Gobierno, algo muy preocupante. Más aún cuando se oye decir a algún político que la política ha cambiado y la estabilidad no existe. Y lo peor de todo es que adivino quiénes serán los paganos de esta degeneración de un término que es bien atractivo “el poder del pueblo”... ¿Realmente lo es?


Ricardo López Pérez, exvicepresidente de la Junta de Aguas de Tudela

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