Como ya es habitual en mí y te consta (1)

Ángel Sáez García|

Publicado el 10/04/2019 a las 12:37

COMO YA ES HABITUAL EN MÍ Y TE CONSTA Dilecta Pilar: ¡Muchas gracias! Y ¡enhorabuena!, asimismo, por la parte que te toca. A mí, últimamente, me cuesta aclimatarme a la hora de menos. Y este año no ha sido una excepción. Luego te enviaré el texto definitivo de la epístola del próximo viernes (la que te remití ayer), porque, en casa, hice algunas enmiendas (como ya es habitual en mí y te consta). Ignoro si los beneficios económicos (se habla de unos 300 millones de euros) que lleva aparejado el cambio de hora son fetenes, pero a mí y a mis ritmos circadianos nos vienen mal o peor. Aún ando desorientado y sin descansar lo apetecido (acaso todo sea mental, psicológico, pero ahí está el otro robo de Europa, o de la europea hora, fastidiando). Te comprendo perfectamente. Y entiendo que hayas decidido tomarte unas jornadas de holganza o laxitud en el cumplimiento de tus horarios autoimpuestos. Además del “finde”, un par de días de relajo, de cuando en vez, o de vez en cuando, no le sientan mal al cuerpo (ni a la mente) si son extraordinarios, no asiduos. Pues, ya intuyes cuál es mi anhelo, que le saques el máximo partido o todo el jugo beneficioso a esos días de desconexión. Ojalá que te dé tiempo a trenzar la columna y te salga a pedir de boca y de un tirón. Debemos estar haciéndonos mayores, porque ambos sufrimos sus rigores (los del cambio de la hora) más que otras/os. Así es; esta mañana he gozado un montón leyendo tu columna hodierna en el Heraldo, “Un pueblo es…”. Conforme leía sus líneas, iba recordando retazos de mi niñez libertaria o paraíso terrenal en dos, Cabretón (el pueblo de mi madre) y Cornago (el de mi padre), con sus paisajes y paisanajes respectivos. Me consta que en ninguno de los dos las calles estaban asfaltadas en los años de mi infancia, pero sí había agua corriente en las casas de mis abuelos maternos, Leocadio y Cruz, y paternos, José y Gregoria. De si había teléfono o no, servidor no andaba ocupado ni preocupado. Lo prioritario entonces para mí era juntarme con la turba habitual de pilluelos y llenar de juegos imaginativos o “chandríos” las muchas horas de los días interminables de aquellos remotos estíos que, con el lento e implacable paso del tiempo, van quedando desdibujados. (Continúa.)

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